Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Tuesday, April 24, 2018

Siempre me han llamado la atención las personas que se arriesgan a saltar en paracaídas acompañados de un instructor, los niños que confían en su profesor de natación y logran soltarse y nadar por si mismos y las personas que se someten a cirugía poniendo en manos de un médico su vida y bienestar. Las anteriores son situaciones donde las personas han confiado su vida a otra persona para lograr lo deseado.

Confiar no es nada fácil, la prueba es que muchas personas no saben nadar, no viajan en avión, no toman los autobuses por sí mismos y pocas veces van al médico. Cuando aplicamos esto a la vida cristiana nos damos cuenta que aunque teóricamente sabemos que Dios es todopoderoso y bondadoso, a la hora de poner nuestra vida en sus manos no siempre es fácil y confiamos más en nosotros mismos o en desconocidos que en Dios mismo.

La desconfianza en Dios se debe a que confiamos demasiado en nosotros mismos y al igual que Adán y Eva en el paraíso, creemos saber qué es lo que nos conviene y cómo deben ocurrir las cosas.

Desafortunadamente nuestra oración personal es un reflejo de esa desconfianza, pensamos que Dios es una especie de genio a nuestro servicio, y que con solo repetir unas fórmulas o darle unas órdenes, Él cumplirá nuestros caprichos. Frecuentemente el contenido de nuestra oración es colocarnos ante Dios y ordenarle todo lo que Él tiene que hacer, como si fuera alguien de capacidades muy limitadas que no entiende las cosas y que no sabe lo que nos conviene.

La soberbia del paraíso se nos contagia a menudo y queremos tratar de hacer el trabajo de Dios, en lugar de hacer el nuestro y confiar en que Él hará lo que más nos convenga. Ocasionalmente parecemos pasajeros de un avión dictándole al piloto desde nuestro puesto lo que debe hacer sin nosotros tener la más mínima idea de cómo conducir un avión.

El paso mas importante para confiar en Dios consiste en negarnos a nosotros mismos y entender que todo lo que tenemos es porque Dios nos lo ha dado y no por buenos, inteligentes o listos que nosotros somos. No tomamos conciencia a quién hemos entregado nuestra vida y nos ocurre lo de los apóstoles cuando iban en la barca durante la tempestad. Muchas veces creemos que la solución de todos los problemas depende solo de nosotros, que nosotros tenemos que conducir la nave de nuestra vida y olvidamos que pusimos a Jesús en el timón en lugar de ser nosotros mismos.

Si Jesús está al comando de mi vida, a veces resulta difícil entender porqué ocurren dificultades financieras, interpersonales, injusticias, enfermedades, mueren nuestros familiares y existen toda clase de situaciones que nos hacen la vida tan difícil. Baste con decir que las dificultades son parte de la vida humana y que no podremos escapar al dolor, la muerte y el sufrimiento. El discípulo no es más que su maestro y confiar en el Señor significa tomar su cruz y dejarnos ayudar por Él que le da sentido al sufrimiento y que como padre bondadoso permite que a veces recibamos unas dolorosas inyecciones para evitar futuros males, permite que enfrentemos las dificultades normales de la vida con su ayuda para que podamos vivir y morir como sus amigos para participar eternamente de su gloria.

Confiar en el Señor es una tarea de todos los días y nuestro trabajo es soltarnos y abandonarnos en Él. Esto significa un cambio en nuestra manera de orar donde expresamos nuestras inquietudes y problemas a Dios con la confianza de que Él nos conducirá a lo mejor, un cambio en nuestra manera de pensar cuando Jesús nos pida los únicos panes y peces que tenemos para alimentar una multitud, cuando nos pida que lo único que quiere es que nos entreguemos tal como somos y que El hará el resto. A medida que confiemos, nuestras inquietudes y temores se calmarán y la paz vendrá. Sin embargo no hay que confundir el no preocuparse con no ocuparse de hacer lo que nos corresponde para activamente resolver nuestros problemas. Sabemos que al confiar en Dios, todas las cosas vienen para bien y que nuestro poder está en Cristo que nos fortalece.

El autor vive con su familia en el área de New Haven

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