Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Thursday, February 22, 2018

Catástrofes naturales como las de Haití, Chile y muchas más nos enfrentan al sufrimiento humano y nos hacen preguntarnos si este tiene algún sentido. Tragedias ligadas a la acción directa de la libertad humana como las guerras, el holocausto judío y la violencia en todas sus manifestaciones plantean el problema candentemente preguntándonos cómo es posible que todo esto ocurra si existe un Dios bueno y amoroso. El presente escrito reflexiona desde la fe sobre el misterio del sufrimiento sin pretender tener todas las respuestas.

El dolor, el sufrimiento y la muerte están inevitablemente ligados a la ausencia del bien y forman parte de la vida humana. Ante el sufrimiento experimentamos compasión, respeto y temor. Nuestro dolor es más que físico y psicológico, abarcando dimensiones existenciales y espirituales. El núcleo de nuestros sufrimientos es el temor a lo desconocido, a nuestra destrucción y muerte y sobretodo a que ahí termine todo.

Nuestra tradición bíblica enseña que el pecado original rompió la armonía existente entre Dios y la primera pareja humana teniendo como consecuencia que la humanidad entera experimentara el dolor y la muerte. Afortunadamente Dios prometió un salvador descendiente de una mujer que aplastaría con su pie la cabeza del maligno (Gen 3).

El libro de Job expone el sufrimiento del justo como un misterio que el hombre no puede comprender a fondo. Aunque sus amigos insinuaban que él sufría a consecuencia de su pecado personal, sin embargo se aclara que los sufrimientos vienen no como castigo y destrucción sino para corrección de los hombres. Estamos llamados a superar el mal en sus diversas formas y a poner la confianza en Dios redentor que vive y a quien se verá después de la muerte (Job 19,25-27).

Jesucristo fue enviado como regalo del Padre, “para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga la vida eterna” (Jn 3,16). El amor de Dios hace que Jesucristo se haga hombre, sufra y muera injustamente a pesar de que Él no había pecado. Jesucristo al experimentar en carne propia el sufrimiento físico, la traición, soledad y muerte les da un sentido redentor, porque de ahí salió la paga de la deuda que teníamos por nuestros pecados y al resucitar nos aseguró la vida eterna, nuestra inmortalidad. El poder infinito de Dios fue capaz de transformar algo negativo como es el dolor, el sufrimiento y la muerte en lo mejor que le ha podido pasar al género humano: su salvación eterna.

La predicación de Jesucristo y la Iglesia iluminan la realidad del sufrimiento. La vida implica el sufrimiento como parte de nuestra realidad humana: hambre, climas extremos, soledad, muerte, hostilidad, remordimientos, temores, traumas, dolor físico y moral. Al envejecer el hombre es más frágil y el deterioro, dolor, limitaciones y finalmente la muerte son el camino obligatorio para pasar el puente que nos separa de la promesa divina de una vida plena y sin fin que saciará las más profundas necesidades humanas. Hay que temer al que puede mandar al infierno cuerpo y alma destruyendo la felicidad eterna que ha sido ganada para cada uno de nosotros (Mt 10,28). Jesucristo proclamó que tomar la cruz diaria es un requisito para seguirlo. La revelación nos ha enseñado que podemos unir nuestro sufrimiento a los de Cristo para la salvación del mundo. Los sufrimientos de Cristo no son insuficientes, pero al hacernos Iglesia todo dolor asumido por el cuerpo de Cristo es un dolor redentor. Al sufrir un miembro sufren todos, también la cabeza. Jesucristo no disfruta con nuestro sufrimiento, Él también sufre y debemos recordar que al anunciar el reino de Dios, Jesucristo pasaba curando enfermos y liberando a los oprimidos.

La lucha de Jesucristo contra el sufrimiento ordinario que implica la condición humana y el sufrimiento producto de la injusticia, la dominación y la violencia de los hombres se confía a la Iglesia para que cada uno de sus miembros, al igual que el buen samaritano cuide del hombre herido, y de los miembros más vulnerables de la sociedad.

Acoger la Palabra a veces implica la persecución y la muerte a causa del Evangelio. Quien es llamado a ser mártir de la fe, debe considerarse un privilegiado, que puede ofrendar su vida por Jesucristo.

El dolor, sufrimiento y muerte van a seguir presentes, incluyendo a los creyentes y justos: “En el mundo, ustedes habrán de sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). El sufrimiento no prevalecerá para quienes han acogido la salvación: “Dios secará todas las lágrimas de ellos, y ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor; porque todo lo que antes existía ha dejado de existir” (Ap 21, 4).

El autor vive con su familia en el área de New Haven.