Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Wednesday, May 23, 2018
Antes de hacer una decisión importante, bien sea de negocios o en la vida personal, las personas investigan para asegurarse de que no cometerán un error o serán víctima de un engaño. Eso mismo hacen las personas que desean ser cristianas. Quieren asegurarse de que ser cristiano vale la pena y la manera más segura es observar a los cristianos.

No se puede disimular

No podemos engañar a Dios ni a las personas. Si somos cristianos se nos nota y desafortunadamente si no lo somos o lo somos a medias también se nos nota: nuestro estilo de vida, nuestra manera de hablar, de hacer negocios, de actuar, ha de reflejar aquello que tenemos de especial y único que nos hace cristianos. Los cristianos estamos llenos de amor a Dios y a los hermanos. Jesús ha dicho: "En esto conocerán que son mis discípulos: en que ustedes se aman unos a otros" (Jn 13,35). El amor tema central de la primera encíclica de Benedicto XVI, es nuestra credencial ante el mundo y es nuestro boleto de admisión para entrar al cielo. La marca de nuestro cristianismo es nuestro amor a Dios y a los hermanos. Si por alguna razón, no estamos comprometidos con el amor a Dios y al hermano, necesitamos hacer un cambio en nuestra vida. El cristiano está llamado a un constante cambio o conversión.

Reconciliación con Dios

La conversión implica un cambio en la manera de relacionarnos con Dios. El Señor es exigente en sus demandas y espera que amemos a Dios por encima de todas las cosas. Debemos identificar cómo podemos hacer que Dios sea lo más importante de nuestra vida. El es más importante que nuestra familia, nuestra profesión, nuestro trabajo, nuestros pasatiempos, partido politico, objetos personales o dinero. Dios espera que lo amemos a El más que a nosotros mismos. El amor a Dios se traduce en aspectos concretos donde el estilo de vida del cristiano testifica a través de la oración, el amor por la Biblia y por su constante presencia en todos los momentos de nuestra vida. Los cristianos vivimos la realidad de Jesucristo resucitado en todos los momentos de nuestra vida y por este motivo no tememos anunciar a los demás esa verdad que es parte de nuestro diario vivir: que Jesucristo vive y que Él tiene una relacion personal con cada uno de nosotros.

Reconciliación y unidad

No es posible decir que se ama a Dios a quien no se ve, si no se ama al hermano que vemos a diario (I Jn 4,20). Quién es el hermano? Es quien vive cerca y también quien es desconocido o extraño, porque no es de nuestra nacionalidad, raza o grupo étnico, como lo ejemplifica la Parábola del Buen Samaritano. La exigencia de Jesús es radical: amar a todas las personas incluyendo a los enemigos y a quienes nos hacen daño. Jesús espera que nuestro distintivo sea el amor que nos tenemos, de esa manera quienes no son cristianos sabrán que somos cristianos. El ejemplo de los primeros cristianos es muy diciente: "Y eran fieles en conservar la enseñanza de los apóstoles, en compartir lo que tenían, en reunirse para partir el pan y en la oración. Todos estaban asombrados a causa de los muchos milagros y señales que Dios hacía por medio de los apóstoles. Todos los creyentes estaban muy unidos y compartían sus bienes entre sí; vendían sus propiedades y todo lo que tenían, y repartían el dinero según las necesidades de cada uno. Todos los días se reunían en el templo, y en las casas partían el pan y comían juntos con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y eran estimados por todos; y cada día el Señor hacía crecer la comunidad con el número de los que Él iba llamando a la salvación" (Hch 2,42-47). Gracias al testimonio de vida de esa comunidad primitiva la Iglesia fue creciendo. El amor a Dios era tan grande que ellos no vacilaban en dar su vida por Jesucristo y por los hermanos. Tertuliano al observar el progreso de la Iglesia gracias a ese testimonio de los creyentes decía: "la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos".Nuestra vida servirá para que viendo nuestras buenas obras los hombres glorifiquen al Padre que está en los cielos (Mt 5,16). Al tener unidad y reconciliarnos los unos con los otros, los cristianos serviremos de signo para que el mundo crea (Jn 17,21). Esta unidad se ha de manifestar en el estilo de vida que llevamos en nuestras familias, nuestra tolerancia hacia las limitaciones de los demás, en los grupos apostólicos en los que participamos, en nuestras obras de caridad y en la comunión que tenemos con la cabeza del cuerpo de la Iglesia que es Cristo y con los pastores que Él ha puesto para conducir su rebaño. Nuestro estilo de vida debe reflejar el amor y respeto que tenemos por cada uno de los miembros de la Iglesia a quienes el Senor ha puesto con diferentes funciones para bien de su cuerpo (I Cor 14). No estamos para competir con los demás miembros o grupos de la Iglesia o con otras iglesias, sino para cooperar unos con otros. Todas nuestras acciones han de estar dirigidas a servir al mismo Señor en la unidad del Espíritu Santo.

El gozo del verdadero cristianismo está más en el dar que en el recibir (Hch 20,35). Tenemos la oportunidad de darnos a los demás participando en grupos de voluntarios, acompañando a quienes están solos, dando nuestro tiempo, energía y cualidades o talentos para beneficio de los demás, especialmente de los pobres y más necesitados. También podemos dar vida donando sangre para que los enfermos se beneficien o dando nuestros órganos para que después de muertos otros puedan vivir. Es lamentable que haya personas que prefieran que los cuerpos se pudran o se quemen.

Nuestra cristiana relación con los hermanos tiene la capacidad de transformar el mundo al darle un dinamismo especial a las relaciones interpersonales. Al estar nosotros llenos del Espíritu Santo somos instrumentos de Dios para expresar su amor a las distintas personas con las que nos encontramos: Dios ama a los hombres a través de nosotros y Dios facilita que los hombres se reconcilien con El gracias a nuestra colaboración con el anuncio de la Palabra y nuestro testimonio a todos los que están cerca de nosotros. Es un honor para nosotros poder colaborar con Dios para dar a conocer su mensaje de amor. Al mismo tiempo es una gran responsabilidad que nos compromete a ser testigos de esa experiencia con el amor de Dios y de sus planes para cada uno de nosotros.

Reconciliación cosmica

Nuestra reconciliación, no sólo ha de ser con Dios y nuestros hermanos sino también con toda la creación que es un don de Dios para nosotros. Esto significa cuidar a los animales que Dios nos ha dado. No solo cuidamos los animales domésticos, también a los que viven en estado natural o salvaje. Igualmente cuidamos las plantas y el aire que respiramos, evitamos la contaminación de las aguas y disponemos apropiadamente de las basuras. Nuestra reconciliación también ha de ser cósmica, puesto que formamos parte del gran cosmos que nos dió Dios para crecer y multiplicarnos.

Nos estan observando

Algo es evidente: los cristianos vivimos en el mundo como los peces en un acuario. Las personas desean saber cómo nos comportamos los cristianos en nuestras familias, en nuestro trato diario, el trabajo, las relaciones sentimentales y nuestras diversiones. Las personas quieren aprender de nosotros los cristianos, qué tipo de respeto tenemos hacia los niños que aun no han nacido, qué cuidado les damos a los enfermos desahuciados y cómo nosotros nos enfrentamos a la muerte propia o de nuestros seres queridos. El mundo nos observa en nuestras preocupaciones sociales y en nuestra participación responsable en la política para el bien de todos los hombres. La cruz de Jesús nos ganó el beneficio de ser hijos de Dios. Sin embargo, si somos hijos de Dios debemos portarnos como tales. La realidad es que Dios espera que cada uno sea capaz de exclamar como el apóstol: "Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mi" (Gal 2, 20). El llamado del Señor hoy es a una constante conversión, a una reconciliación con El como lo más importante de nuestras vidas. Nos llama a un redescubrir que somos responsables por nuestros hermanos y por el mundo que se nos ha dado para conservarlo habitable para nuestros hijos, nietos y futuros descendientes y para glorificarlo a Él. Nuestro estilo de vida esta a la oferta de todo el mundo y con la gracia y continua asistencia del Espíritu Santo que esta con nosotros hasta el fin de los tiempos los hombres y mujeres que se encuentren con nosotros diariamente serán capaces de descubrir lo fascinante que es vivir el evangelio y lo maravilloso que es amar a Dios, servir al hermano y cuidar el mundo que Dios nos regaló. De esta manera ellos también querrán ser cristianos porque nuestro testimonio los ha convencido.