Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Thursday, April 26, 2018

En las relaciones interpersonales, es importante saber con quién se habla para dirigirse a esa persona apropiadamente. No se le puede hablar a una persona sin educación en términos sofisticados y a ciertas personas hay que hablarles cuidadosamente para darles el lugar que se merecen. A pesar de eso, hay gente que se lamenta: "si yo hubiera sabido quién era esa persona yo no le hubiera hablado como le hablé".

Frecuentemente erramos al comunicarnos con Dios y le hablamos como si fuera nuestro esclavo, alguien buscado solo cuando tenemos dificultades, necesitamos cosas, o simplemente para quejarnos. También le hablamos como si Él fuera muy ignorante y hubiera que explicarle cómo es el mundo. Otras veces cuando la gente ora en grupo pareciera que Dios fuera un sordo que necesita que le gritemos fuertemente, o que para conseguir nuestras peticiones tenemos que ponerle el dramatismo que usamos con nuestros familiares o conocidos cuando necesitamos un favor de ellos.

Algunas ideas provenientes de la tradición bíblica y de la tradición de la Iglesia nos pueden orientar sobre cómo acercarnos a Dios. Cuando nos acercamos a la trascendencia de Dios y movidos por el Espíritu Santo tenemos la certeza de su presencia por la fe, acogemos su presencia amorosa como alguien infinito, sublime, bello, indescriptible, trascendente, luminoso, distinto a nosotros, inmenso, pero al mismo tiempo cercano y familiar. El Antiguo Testamento al describir las experiencias con Dios narra que las personas caían rostro en tierra en profunda adoración (Ex 34,8).

Al acercarnos a Dios se contrasta su grandeza y nuestra pequeñez, su santidad y nuestro pecado, su amor infinito y nuestro egoísmo, su santidad y nuestra indignidad.

Cuando pensamos en Dios y en nosotros, humildemente reconocemos que somos criaturas. Reconocemos que Él es nuestro salvador que nos comunica su vida divina a través de la Iglesia preparándonos para estar con Él para siempre. La adoración es la reverencia y honra que le damos a Dios por ser Dios. Es la expresión de nuestra admiración por su grandeza y nuestro agradecimiento por su amor. Cuando nos acercamos a Dios tiene sentido el que nos pongamos de rodillas, porque con ese gesto reconocemos su presencia y nos hacemos conscientes de nuestra condición de criaturas totalmente dependientes de Él. Alguien decía que "solo el hombre es grande cuando está de rodillas". El ser humano alcanza su máxima grandeza cuando humildemente ante Dios reconoce quién es Dios y quién es él.

En el Deuteronomio (6,13) se nos pide: "solo al Señor tu Dios adorarás y a Él solo servirás". La adoración solo se le debe a Dios y vamos contra su voluntad cuando ponemos a personas o cosas por encima de Él. Charles de Foucauld decía: "Cuando se ama, se desea hablar constantemente con el amado, o al menos contemplarlo incesantemente. En eso consiste la oración". La adoración no es una simple acción, es una actitud que afecta toda nuestra vida. Al adorar a Dios y reconocer que Él es nuestro Dios, salvador, Señor y dueño de todo, estamos derribando todos los ídolos que hemos puesto primero que Él. La valoración desproporcionada de las posesiones, el poder, el prestigio y el placer deben tomar un lugar proporcionado ante la presencia de Dios. Nada ni nadie puede ser más importante que Dios.

A veces el ídolo más peligroso es uno mismo. Nos puede pasar lo mismo que a Adán quien actuó como si fuera superior a Dios y por eso prescindió de Él ignorando su mensaje. Su soberbia lo alejó de Dios y lo volvió esclavo del mal.

En la adoración reverenciamos a Dios por ser Dios. Al alabar a Dios gozosamente lo ensalzamos y glorificamos, proclamamos alegremente sus cualidades y obras. Ante la majestad de Dios las palabras son cortas y necesitamos permitirle al Espíritu Santo que nos sumerja en el misterio de Dios y experimentemos contemplativamente extasiados su amor inmenso e incondicional. Pedro Finkler nos describe la relación entre la adoración y la vida corriente: "El contemplativo trabaja, lee, pasea, viaja, hace compras, reza, visita a sus amigos, etc. Mas en el centro de todas sus actividades está siempre aquel sentimiento precioso de intima unión con su amado".

La adoración en espíritu y en verdad (Jn 4, 23) es decir, en amor y de acuerdo a su palabra, es una actitud que nos acerca a Dios poniendo nuestras prioridades en orden y alejándonos del pecado. A mayor adoración nuestra vida va a ser un reflejo mayor del amor de Dios. Adorar a Dios, lejos de aislarnos de los hombres, nos acerca mas a ellos, especialmente a los más necesitados, ya que al estar cerca de Dios nos comportamos de acuerdo a su manera de pensar, de acuerdo al código del amor.

El autor vive con su familia en el área de New Haven

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