Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Wednesday, May 23, 2018

Desde la época de los apóstoles, la Iglesia ha tratado de resumir en fórmulas breves y normativas lo esencial de la fe que profesamos los cristianos. Se hace necesario que haya una unidad en el lenguaje de lo esencial de nuestras creencias porque de lo contrario se cambia o confunde el contenido de lo que nosotros creemos y se generan problemas prácticos acerca de la vigencia de la fe y la comunión entre los creyentes.

En el Nuevo Testamento se mencionan fórmulas que resumen lo esencial con relación a la salvación (Rom 10, 9; I Cor 15,3-5), a la Eucaristía (I Co 11,23-34) y también acerca del bautismo (Mc 16,15-16) (Mt28,18-20): "Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo. Él que crea y sea bautizado, obtendrá la salvación; pero él que no crea, será condenado."

Al bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, los primeros Cristianos sintieron la necesidad de crear formulas que resumieran lo que esta verdad significa y así es que se formó el credo de los apóstoles que los catecúmenos recitan al ser bautizados. El credo se llama así porque con esa palabra comienza la proclamación de la fe en latín. También se conoce como profesión de fe o símbolo de los apóstoles (distintivo, contraseña, compendio o resumen de lo ensenado por los doce apóstoles). Esto hacía que los creyentes a pesar de estar en diferentes sitios tuvieran una unidad en la doctrina. La unidad en la doctrina de la Iglesia es confiable, porque la Iglesia fue fundada por Cristo, quien prometió que estaría con ella hasta el final de los tiempos asistiéndola mediante la acción del Espíritu Santo que nos enseñaría y recordaría todo lo que Jesucristo nos enseñó (Jn 14,26).

La forma más primitiva del credo es el Credo de los Apóstoles conservado por la Iglesia de Roma, el cual se basa en el Antiguo y Nuevo Testamento y la doctrina de San Pedro predicada el día de Pentecostés, en la curación del paralítico y en sus dos discursos ante el sanedrín (Hch 2, 3, 4, 5). San Ambrosio explica la autoridad de esta fórmula: "Es el símbolo que guarda la Iglesia romana, la que fue sede de San Pedro, el primero de los Apóstoles, y a la cual él llevo la doctrina común".

Posteriormente se presentó otra formula que es el credo de Nicea-Constantinopla originado en los dos primeros concilios ecuménicos (325 y381). El credo de los apóstoles estaba redactado en singular para que cada candidato lo recitará en el momento del bautismo. El de los concilios está redactado en plural porque es la declaración de todos los obispos, sucesores legítimos de los apóstoles, asistidos por el Espíritu Santo.

Aunque varias fórmulas se han proclamado a través de la historia de la Iglesia, estas son las más conocidas y nosotros las recitamos en la misa, al rezar el rosario y cuando se va a asumir un servicio importante en la Iglesia.

El credo expone las verdades fundamentales de la fe: creemos en Dios Padre que es creador, Dios Hijo que es redentor y Dios Espíritu Santo que es santificador y que forma y mantiene la Iglesia con su asistencia.

El credo lejos de ser una simple fórmula ritual es la proclamación de la realidad de Dios en el que creemos. Nuestra manera de pensar y nuestras acciones están orientadas por esa doctrina. En el mundo actual donde mucha gente cree solo en lo que se acomoda a su forma de pensar, el credo nos recuerda las verdades que Dios ha revelado y que desea que nosotros creamos. Muchos de los mártires ofrendaron su vida por la fe mientras recitaban el credo. Lo que nosotros creemos va mas allá de la razón y lógica humanas y lo creemos porque confiamos en Dios que así nos lo ha revelado. San Agustín decía que todo cristiano estaba obligado a saber de memoria el símbolo de los apóstoles. Santo Tomas de Aquino afirmaba que quien no se empeña en aprenderlo es gravemente culpable. Al recitar el credo renovamos el pacto adquirido con Dios en nuestro bautismo.

Cada vez que recitamos el credo renovamos nuestra fe en la Trinidad, en la Iglesia y en nuestro último fin. El credo nos garantiza que nuestra fe es firme y no cambiante o caprichosa. Es un recuerdo constante de que Dios nos ha creado, nos salva y nos santifica preparándonos para una vida feliz sin fin.

El autor vive con su familia en el área de New Haven

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