Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Thursday, February 22, 2018

La depresión afecta a más de 18 millones en los Estados Unidos. Como cristianos es nuestra obligación entender en qué consiste para ayudarnos nosotros mismos y a nuestros familiares o amigos.

La depresión difiere de la tristeza. La tristeza es una reacción normal a muertes, pérdidas de cualquier clase, frustraciones y situaciones dolorosas. La depresión clínica, una enfermedad del cerebro, es algo más que sentirse infeliz y puede durar meses e incluso años. La persona experimenta humor deprimido, una pérdida de interés o de placer en las actividades diarias la mayor parte del día  por más de dos semanas, que no se debe a la acción de medicamentos, alcohol,  drogas o alguna condición médica. También presenta casi diariamente sensaciones de tristeza, vacío, llanto, irritabilidad, cambios en el apetito o el peso, trastornos del sueño, movimientos lentos o agitación, fatiga o ausencia de energía, malestares físicos que no responden al tratamiento, dificultad para pensar, concentrarse o recordar, sensaciones de no valer, culpa inapropiada, indecisión, pensamientos recurrentes de muerte o suicidio y a veces alucinaciones o delirios. Cuando se ha tenido un duelo y los síntomas no se resuelven en dos meses, se puede sufrir la depresión clínica.

La depresión no tiene una simple causa y puede deberse a muchos factores: desbalances químicos en el cerebro, predisposición genética, pérdidas significativas, estrés crónico y en algunos casos sin aparente explicación.

La presencia de los síntomas arriba mencionados y las dificultades para superarse rápidamente hacen moralmente necesario que se busque ayuda profesional. No hay que olvidar que la depresión severa puede ser potencialmente fatal, riesgo que se agudiza con el uso de alcohol o drogas y de otros trastornos psiquiátricos. El libro del Eclesiástico (38) nos recuerda que ante la enfermedad es importante orar pero también acudir al médico.

La depresión, como cualquier otra enfermedad, es una experiencia que debemos vivirla desde la fe. La depresión altera la manera como nosotros nos vemos a nosotros mismos, a los demás y a Dios mismo. Afecta nuestra manera de orar y Dios parece que estuviera distante o no estuviera cerca. Jesucristo está presente con la persona que sufre en la oscuridad de sus problemas. Jesús ora en su agonía en el huerto y en la cruz expresando sus sentimientos de abandono de sus amigos y del Padre.  Compartir el sufrimiento con Jesús de una manera constructiva tiene un valor redentor y ayuda a descubrir otros aspectos de uno mismo y formas de encuentro con Dios.

La fe ayuda a recuperar la confianza en uno mismo y el sentido de la vida. Dios a cada uno nos dice: “eres precioso a mis ojos, digno de honra, y yo te amo” (Is 43,4). Por eso el suicidio no tiene cabida porque nuestra vida vale mucho a los ojos de Dios. La lectura periódica de la Biblia, salmos o versículos apropiados para recuperar la confianza en Dios y superar el pesimismo de la depresión son de gran ayuda. La oración,  distintas devociones y el frecuentar los sacramentos ayudan al cristiano en la recuperación. Cuando hay culpa, el sacramento de la reconciliación facilita la liberación de la persona: “si Dios, a diferencia de los humanos, me ama con un amor incondicional y eterno y perdona todo, porqué no he de perdonarme yo mismo”?  

La persona no se centra en su enfermedad si se integra a la comunidad y hace algo por los demás. Sin embargo, hay que ser enfáticos: en casos severos la ayuda cristiana es necesaria pero no suficiente. Así como un diabético debe tratarse médicamente y no solo con prácticas piadosas, de la misma manera ocurre con el deprimido.

Amigos y familiares pueden ser de gran ayuda para la recuperación: entendiendo al paciente, sin culparlo diciendo que le falta voluntad o fe en Dios y sin exigirle que se mejore inmediatamente. La verdad es que algunos santos como Job o San Juan Vianney, padecieron de depresión. Evitar expresiones como “eso no es nada”,  “todo esta en su mente”, etc. Ayudarle a conseguir información y ayuda profesional. Ofreciéndose a colaborar con el tratamiento médico y dando información a los profesionales tratantes. Entender que al deprimido le cuesta un gran trabajo lo que a los demás les parece sencillo y espontáneo, hay que reforzar cualquier progreso.

Muchos enfermos severos niegan tener problemas, trabajan y pueden tener días buenos y malos. Mucho de lo que ocurre dentro del paciente no es percibido por los demás: desesperación, recriminaciones, ideas suicidas, vergüenza, desánimo. Es difícil saber si alguien se va a suicidar pero hay factores que aumentan el riesgo: abuso de substancias, soledad, la edad, intentos previos, suicidio en la familia, síntomas psicóticos, depresión mayor o bipolar, ausencia de religiosidad.

Para concluir y dirigir nuestra acción, hacemos nuestras las palabras de Juan Pablo II: “Los que ayudan a la persona deprimida deben ayudarla a recuperar la propia estima, la confianza en sus capacidades, el interés por el futuro, las ganas de vivir…hay que tender la mano a los enfermos, hacerles percibir la ternura de Dios, integrarlos en la comunidad de fe y de vida en la que se sientan acogidos, comprendidos, sostenidos, en una palabra dignos de amar y de ser amados”.

El autor vive con su familia en el área de New Haven.