Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Wednesday, February 21, 2018

Cuando Moisés conducía al pueblo de Israel hacia la tierra prometida se halló en un momento a orilla del mar rojo acorralado por las tropas del Faraón sin tener para donde huir (Ex 14). Cuántas veces nos encontramos en situaciones similares a la de Moisés cuando problemas de salud, finanzas, desempleo, crisis familiares, rencores y problemas sociales y políticos pareciera que no tuvieran una solución posible.

Todo aparentemente estaba perdido para los israelitas: el mar estaba al frente y el Faraón estaba atrás persiguiéndolos. Estaban rodeados por todas partes, menos por una, por encima. Sobre ellos estaba el poder de Dios y cuando todo parecía perdido Dios interviene y los libera del Faraón y sus tropas poniéndolos a salvo al otro lado del mar.

Los problemas son inevitables en la vida y no podemos pretender que estemos libres de ellos mientras vivamos. Sin embargo, podemos tener opciones. Podemos enfrentar los problemas solos o los podemos enfrentar con la ayuda de Dios. Con Dios a nuestro, lado los problemas no se acaban; así como para los israelitas no se acabaron después del paso del mar rojo: hubo guerras, peligros, idolatrías, exilio, destrucción y muertes. Pero, a diferencia de los demás pueblos, ellos enfrentaban todos esos problemas con Dios a su lado; y así pudieron superar muchas crisis humanas bajo su amparo.

La vida nos enseña que no escogemos las enfermedades y calamidades que nos ocurren. Ellas son parte de ser humanos y pretender que no existen es negar la realidad. La gran paradoja del Cristianismo está en que del sufrimiento de Cristo y de los hombres, surgen frutos que ayudan a humanizar más a las personas y sus allegados y a darle una dimensión eterna. Muchas veces las dificultades permiten sacar lo mejor de nosotros mismos y de los demás.

Como creyentes, cuando estamos en crisis dirigimos nuestra oración a Dios todopoderoso. Lamentablemente, a veces nuestra oración en esas circunstancias es una lista de quejas (como si Dios no supiera qué nos pasa); y una sesión con detalladas instrucciones sobre lo que Dios debe hacer en nuestra situación (como si Él no supiera qué es lo que más nos conviene).

Indudablemente no siempre sabemos cómo orar cuando estamos en situaciones desesperantes. Revisando los Evangelios encontramos ejemplos donde se destaca la actitud del que ora. A veces basta con expresar nuestros sentimientos como lo hacen las hermanas de Lázaro: "Señor, el que amas esta enfermo" (Jn 11,3). En ocasiones, como el leproso, es una sugerencia respetuosa y no una orden: "Señor, si tu quieres puedes sanarme" (Mc 1,40). En otros momentos podemos reconocer nuestras limitaciones: "Señor creo, ayuda mi incredulidad" (Mc 9,24). También como el centurión: Señor no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme" (Mt 8, 5-11). La Palabra del Señor nos muestra múltiples ejemplos donde lo fundamental al acercarse a Jesús es la confianza de que Él hará lo que considera más conveniente: "Jesús ten misericordia de mí" (Lc 18, 9-14). Cuando bajaron al paralítico por el techo (Mc 2, 1-12) Jesús exaltó la fe de los amigos que lo llevaron de esa manera a sus pies para que Él hiciera su divina voluntad.

Al estar rodeado por la obscuridad de la medianoche, la esperanza se mantiene por la confianza de que al amanecer el sol con su indomable fuerza vencerá las tinieblas. La tradición espiritual de la Iglesia ha enfatizado que la confianza en el Señor es la principal actitud que se ha de tener ante las dificultades: "Jesús en ti confío". Si hacemos nuestra esta plegaria, entendemos al igual que Moisés a orillas del mar rojo, que muchas cosas están fuera de nuestro control, pero no del control de Dios. Si enfrentamos lo que venga, tomados de la mano del Señor, para quien nada es imposible, Él se vuelve nuestro capitán, el Jefe del equipo médico, nuestro liberador y reconciliador y Él que cuida y suple toda clase de necesidades. Dios es quien nos da fortaleza para enfrentar lo que es difícil y nos enseña a enfrentarnos a lo difícil con un sentido cristiano. Para quienes creemos, el cáncer, las enfermedades, deudas, dificultades familiares, problemas sociales y cualquier tipo de penas y tribulaciones, no pueden acabar el amor, destruir la esperanza, corroer la fe, destruir la paz, matar la amistad, suprimir los recuerdos, silenciar la valentía o invadir el alma. Tampoco pueden conquistar el espíritu ni robar la vida eterna.