Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Friday, April 20, 2018
Cuando compramos vehículos, alimentos, ropa, herramientas o electrodomésticos nos fijamos en la marca para asegurarnos que compramos algo de calidad. Cuál es la marca del Cristiano? Cristiano es quien sigue las enseñanzas de Cristo. Seguir sus enseñanzas no es repetir una doctrina de memoria, ni estar matriculado en una iglesia determinada, es ante todo un estilo de vida. Los cristianos se dejan fascinar por la experiencia personal con Jesucristo y se comprometen a ser testigos de su resurrección y mensaje ante todos los hombres. Este compromiso impacta sus relaciones con Dios y con los demás.

En Antioquía los seguidores de Cristo fueron llamados cristianos por primera vez (Hch 11,26). Allí algunos creyentes, que habían huido después del martirio de Esteban, predican valientemente el mensaje inclusivo de Jesús a los no Judíos. Ellos también manifestaron algo que según las palabras de Jesús sería el distintivo de sus discípulos: el amor de unos por otros (Jn 13,35). Cuando en tiempos del emperador Claudio hubo una escasez de alimentos, los creyentes de Antioquía enviaron ayuda a los hermanos que vivían en Judea.

Los primeros cristianos no solamente creían y amaban incondicionalmente a Jesucristo. También estaban dispuestos a obedecer su palabra siendo solidarios con los más necesitados y dando la vida por testificar su fe. Entendían que “si uno no ama a su hermano, a quien ve, tampoco puede amar a Dios, a quien no ve” (I Jn 4,20). Tertuliano, escritor del siglo tercero, comentaba que los paganos al referirse a los cristianos exclamaban con admiración: “mírenlos cómo se aman y cómo están dispuestos a morir unos por otros”. Este es el desafió que para nosotros implica el ser cristianos hoy día: “Ustedes son mis amigos si hacen las cosas que yo les mando” (Jn 15,14). Hay que estar dispuestos a seguir los planes que Dios tiene para cada uno de nosotros.

Seguir a Cristo implica cumplir el mandamiento más importante de todos: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas y a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12,30-31). Dios es bien exigente cuando de amor se trata. Él requiere amarlo por encima de todas las cosas. Espera que lo tengamos como nuestra más alta prioridad y no desea un puesto segundo o inferior en nuestra escala de valores.

El Primer Libro de Samuel (5) nos ilustra lo que ocurre cuando el hombre pone a Dios junto a los ídolos: “Una vez capturada el arca de Dios, los filisteos… la tomaron y la metieron en el templo del dios Dagón, colocándola junto al dios. A la mañana siguiente… encontraron a Dagón tirado en el suelo ante el arca del Señor. Entonces levantaron a Dagón y lo volvieron a poner en su sitio. Pero a la mañana siguiente…nuevamente… encontraron a Dagón tirado en el suelo ante el arca del Señor”.

El relato nos enseña que Dios no quiere que tengamos ídolos en nuestra vida. Él no puede ser el Señor de nuestra vida coexistiendo con nuestros ídolos. Jesús es bien claro: “Nadie puede servir a dos Señores, porque odiará a uno y querrá al otro, o será fiel a uno y despreciará al otro” (Mt 6,24). En nuestro caminar cristiano debemos identificar cuáles son los ídolos que tenemos en nuestras vidas. Qué es un ídolo? Es un dios que no es Dios, un dios…falso! Un ídolo es aquella persona que a veces mitificamos o la revestimos de un valor que en realidad no tiene. Un ídolo puede ser el valor exagerado que nos damos a nosotros mismos o a algunas de nuestras cualidades, como la inteligencia, belleza o habilidades comerciales o interpersonales. Un ídolo es nuestro anhelo exagerado de poseer cosas, de tener poder o de buscar placer sin control. Un ídolo es el equipo deportivo, el artista, el programa de televisión o película que se vuelven más importantes que las personas que nos rodean y que Dios mismo. Un ídolo puede ser el auto, un libro, una sortija o cualquier objeto que se vuelve más importante que las personas. Dios no puede estar sentado en el trono de nuestra vida si nosotros no lo amamos por encima de todas las cosas y si no derribamos nuestros ídolos dándoles el valor que en realidad les corresponde. Algunas personas en el caminar espiritual, después de haberle entregado la vida al Señor, descubren que Él, al igual que lo hizo en el templo de los filisteos, derriba todos aquellos ídolos que la persona ha ido fabricando durante su vida antigua.

Al hacer a Jesucristo el único dueño y Señor de nuestras vidas, todo se nos organiza y la armonía inunda nuestro cuerpo, alma y espíritu. Su luz ilumina las diferentes facetas de nuestra vida y las cosas adquieren importancia con relación a Él. Algo es importante en la medida en que me permita acercarme a Dios o amar al prójimo. Ciertamente el cumplimiento del mandamiento del amor es la marca que nos distingue de los demás y será lo que haga posible nuestro ingreso al cielo. Cuando las personas observen nuestra vida van a descubrir que nuestro amor a Dios por encima de todo y a los hermanos como a nosotros mismos, es nuestra marca inconfundible, que nos distingue como auténticos cristianos.