Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Saturday, February 17, 2018
Jesús muchas veces habló sobre temas polémicos y no evitó enfrentarse a temas impopulares. Él abiertamente declaró su relación con el Padre sin suavizar la verdad con expresiones ambiguas. Jesús claramente dijo que era Hijo de Dios, perdonó los pecados, afirmó que existía desde antes que Abraham, dijo que si destruían el templo de su cuerpo Él lo reconstruiría al tercer día y habló de la resurrección de los muertos. Jesús también dijo claramente que quien coma su cuerpo y beba su sangre estará especialmente unido a Él y Él lo resucitaría el último día (Jn 6,22-59). Cuando las personas protestaron por lo absurdo de estas palabras, Él no dijo que estaba hablando en metáforas sino que confirmó inequívocamente lo dicho.

Jesús en la última cena dio a comer a sus discípulos el pan y el vino transformados de una manera misteriosa y milagrosa en su cuerpo y sangre. Allí mismo le dio a sus discípulos el poder de hacer lo mismo y les pidió que continuaran celebrando esa misma ceremonia en memoria de Él.

Los apóstoles desde un comienzo continuaron obedeciendo el mandato del Maestro. Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús a partir de la fracción del pan y en el libro de los Hechos (2,42) se menciona que “los creyentes eran fieles en reunirse para partir el pan.”
 
San Pablo (1 Co 11, 23-33) nos presenta lo que es la primera narración de la tradición apostólica sobre la Eucaristía puesta por escrito: “Así pues, cualquiera que come del pan o bebe de la copa del Señor de manera indigna, comete un pecado contra el cuerpo y la sangre del Señor… Porque si come y bebe sin fijarse en que se trata del cuerpo del Señor, para su propio castigo come y bebe”. Pablo no habla de quien come el pan simbólico del cuerpo de Jesús, él claramente afirma que “se trata del cuerpo del Señor”.

Hoy al igual que en tiempos de Jesús muchos al oír estas palabras encuentran difícil creer y por eso abandonan a Jesús (Jn 6,66). Jesús les pregunta a los apóstoles si también ellos quieren irse. Pedro responde asumiendo el vocerío de los doce. Aunque aquellas palabras suenen absurdas él las cree porque Jesús es Dios y para Dios nada es imposible, Él puede milagrosamente transformar el pan y el vino en su cuerpo y sangre: “Señor, ¿a quién podemos ir? Tus palabras son palabras de vida eterna. Nosotros ya hemos creído, y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

La fracción del pan o Eucaristía, que en griego significa acción de gracias, como se conoce desde la época de la Iglesia primitiva, es la celebración de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo hasta que venga (1 Co 11). El pan que Él nos da en esta comida es el Pan vivo que ha bajado del cielo (Jn 6,51), es Jesucristo resucitado.

Cuando la Iglesia se reúne para celebrar el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo, la majestad de Dios se hace presente en el altar y allí toda la Iglesia ofrece al Padre pan y vino. El Padre, por la acción del Espíritu Santo, le devuelve a la Iglesia el pan y el vino transformados misteriosamente en el cuerpo y la sangre de Jesucristo vivo y resucitado. Toda la Iglesia alaba al Padre con Jesucristo en el Espíritu Santo y ante la majestad de Dios la Iglesia de la tierra y la del cielo se unen para recibir su perdón y sanidad, para orar unos por otros, para sembrar semillas de inmortalidad porque quien come de este pan vivirá para siempre (Jn 6,51). La Eucaristía es por excelencia el vinculo de unidad y comunión de toda la Iglesia: “En la Cena del Señor, cuando tomamos la copa y pedimos que Dios la bendiga, todos nosotros estamos participando de la sangre de Cristo.

Y cuando partimos el pan, también participamos todos del cuerpo de Cristo. Aunque somos muchos, somos un solo cuerpo, porque comemos de un solo pan” (1 Co 10,16-17).

Los que han fallecido están en las manos de Dios y al celebrarse la Eucaristía ellos también se hacen presentes ante el altar, porque Jesucristo, cabeza de la Iglesia, unifica a los miembros vivos y difuntos. Jesucristo resucitado es el punto de encuentro entre los vivos y los muertos. Él es lo único que nos queda en común entre nosotros los que estamos acá y los que ya se fueron. Si Él no hubiese resucitado, vana seria nuestra fe y no tendríamos ninguna esperanza de reencontrarnos con nuestros seres queridos (1 Co 15,12-58).

Cuando vamos a una tumba, sabemos que nuestro ser querido “no esta allí”, solo lo podemos encontrar con el Señor resucitado. Nuestro encuentro por excelencia con el Resucitado es en la Eucaristía. Allá no solo nos unimos con Él, sino con todos los que se durmieron en el Señor que resucitarán por su poder. Jesucristo, que es el único mediador entre Dios y los hombres, es también el único puente entre nosotros y los que se fueron que reposan en lo profundo del corazón de Dios.

Héctor G. Lizcano, psicólogo y trabajador social, tiene estudios de teologia y filosofia.