Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Saturday, February 17, 2018

Los conflictos surgen fácilmente cuando nos relacionamos con personas que son muy diferentes a nosotros mismos. Todos sabemos que no hay dos personas iguales, sin embargo, las diferencias cuanto más marcadas, traen mayores problemas entre las personas. Hay muchas cosas que nos hacen diferentes: edad, sexo, apariencia física, estatura, color, peso, peinado, ropa, idioma, origen étnico, costumbres, valores, creencias, religión, clase social, ingreso económico, tamaño de la familia, formación familiar, orientación sexual, salud física y mental, educación recibida y profesión, entre muchas cosas.

La intolerancia de los demás por la diversidad ha llevado en la historia a grandes enfrentamientos, incluso guerras, cuando chocan puntos de vista políticos diferentes, maneras diversas de adorar a Dios, formas diferentes de hablar o vestir, diferencias de razas y en ocasiones hasta de favoritismo por distintos equipos deportivos. En la vida diaria se critica a quien no se ve como nosotros, habla, viste o come distinto, y frecuentemente se asume una actitud de superioridad hacia quien se percibe diferente, porque no reúne lo que a nuestra manera de pensar son los requisitos de una persona valiosa según los estándares de un grupo determinado.

Ante esta realidad nos preguntamos: ¿cuál es la respuesta del cristiano ante la diversidad? Ciertamente la fe cristiana es por esencia cosmopolita, acogedora y ante todo católica, es decir inclusiva y universal. La base de esto está en la doctrina bíblica del hombre creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,27). De todas las criaturas visibles, el hombre es el único con capacidad de conocer y amar a Dios y de alguna manera en el hombre se sintetizan lo material, psicológico y espiritual. El hombre tiene la capacidad de amar a los demás. Dios creó de un solo principio todo el linaje humano (Hch 17,26-30) y por esta razón teniendo nuestro origen común en un acto amoroso de Dios; también, todo lo creado está dado para que lo compartamos. Igualmente, Jesucristo murió por todos sin excepción y Él no quiso que se hiciera distinción entre las personas (Hch 10) porque todos somos hijos de Dios. El mensaje de Pentecostés con el nacimiento de la Iglesia es igualmente de universalidad e inclusión: el mensaje, la salvación y los dones de Dios son para todos los hombres y no para un grupo selecto.

La vigencia del cristianismo implica que los creyentes apliquen en su vida diaria los principios bíblicos para llegar no solo a una tolerancia de la diversidad, sino también a una aceptación de la misma. El ser humano es el rey de la creación como lo menciona el salmo: "Pues lo hiciste casi como un dios, lo rodeaste de honor y dignidad, le diste autoridad sobre tus obras, lo pusiste por encima de todo... (Sal 8, 5-6). Al hacer Dios al ser humano quiso que hubiera diversidad y por ello lo hizo hombre y mujer (Gn 1, 27). La dignidad del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, es por igual para el hombre y la mujer. Ellos y sus descendientes valen por lo que tienen en común y de único. Pero, también es voluntad de Dios que en la diversidad haya unidad ya que tenemos "un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre" (Ef 4,5-6).

La ignorancia y los prejuicios o estereotipos negativos, hacen que se rechacen a otros sin conocerlos. Muy a menudo se juzga a todo un grupo por una sola persona que se conoce, fijándose solo en las características negativas. Otras veces se rechaza a una persona por lo que uno se imagina que ella es, no por lo que realmente es.

Un primer paso para tener una actitud saludable es el de aceptar la diversidad. No podemos ignorar que la gente es diferente ni pretender que todos sean iguales a nosotros. Es necesario que tratemos de conocer a quienes son diferentes, comprendiendo su cultura, gustos, intereses y manera de pensar.

No es conveniente asumir nada, por ello es importante que hagamos preguntas, leamos acerca de la cultura de la otra persona, nos familiaricemos con su país, costumbres, religión y maneras de concebir la familia, la política, la moda y las relaciones interpersonales. Como cristianos debemos acoger al extranjero o inmigrante y ayudarlo en su proceso de adaptación a la nueva cultura y sociedad. Aislarnos de quienes no piensan como nosotros no es humano ni cristiano.

Como cristianos tenemos que frenar los prejuicios y evitar que se hagan chistes a costa de la diversidad de los demás. Debemos expresar nuestros sentimientos cuando se hacen comentarios que hieren a un grupo determinado, y no podemos tratar a una persona como la representante o la excepción de todo un grupo. Es bueno que nos eduquemos acerca de nuestras diferencias, informándonos por medio de la radio, prensa, televisión o libros.

Debemos estar agradecidos porque Dios nos ha hecho únicos; pero, al mismo tiempo debemos acoger y darle la bienvenida a aquellos que son diferentes a nosotros. Dios nos da la oportunidad de que disfrutemos de nuestras diferencias y semejanzas y nos permite entender que nuestra vida cristiana y social se enriquece cuando en nuestra comunidad se valoran y aprecian las diferencias.

Héctor G. Lizcano, psicólogo y trabajador social, tiene estudios de teologia y filosofia.