Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Wednesday, May 23, 2018

Si alguien pregunta: qué es lo que creen ustedes los cristianos, sin vacilar le responderemos que el eje del mensaje cristiano es la muerte y resurrección de Jesucristo. El acontecimiento central que divide la historia de la humanidad en dos es indudablemente la resurrección de Jesucristo. Todos creen, incluso los no cristianos, que Jesús murió de una manera violenta e injusta, pero la fe en la resurrección de Jesucristo, distingue al cristiano de quien no lo es, dice San Agustín.

La resurrección contradice cualquier lógica y sentido común. No es humanamente razonable que alguien resucite tres días después de haber sido muerto y sepultado. Esto solo es posible con una intervención extraordinaria de Dios.

Dios, hacedor de las leyes de la naturaleza, las cambia para manifestar más que su poder, su amor. Con la resurrección el Padre valida el mensaje de Jesucristo y confirma su divinidad.

Muchas personas que usualmente no han estudiado con seriedad las Sagradas Escrituras, se cuestionan si los relatos de los evangelios sobre los acontecimientos posteriores a la muerte de Jesús, no serán fenómenos de autosugestión o alucinaciones. Es bueno dejar claro que los evangelios tienen un valor histórico y son una narración que presenta historia real escrita por creyentes inspirados por el Espíritu Santo.

Desde el punto de vista histórico conviene anotar que cuando Jesús fue capturado y ejecutado en la cruz, los discípulos lo abandonaron y huyeron y se sintieron decepcionados y frustrados. En su conducta no había nada que indicaria que estaban esperando su resurrección. Sin embargo, “algo pasó” y los discípulos manifestaron una fe que no era coherente con la cobardía, incredulidad y temor que ellos presentaban antes de tener la experiencia personal con Jesús resucitado. Ellos eran personas muy concretas que no creyeron fácilmente el testimonio de las mujeres, los primeros testigos de la resurrección. Incluso dudaron después de verlo y Jesús tuvo que comer con ellos para que creyeran.

La experiencia personal con el resucitado cambió radicalmente su manera de pensar, sentir y actuar y estaban tan convencidos de la realidad de su resurrección que valientemente lo testificaron soportando persecuciones hasta dar sus vidas por sostener esa verdad. Si los relatos de la resurrección fueran falsos, los discípulos no habrían arriesgado su vida por defender una mentira. Las alegaciones de que había autosugestión o alucinaciones colectivas son ilógicas. No es posible que todos los apóstoles, las mujeres y más de quinientos discípulos tuvieran alucinaciones sobre el mismo tema en lugares y momentos diversos.

La evidencia histórica nos muestra que los apóstoles fueron a la tumba vacía y hallaron los sudarios pero a Jesús no lo vieron. Cuando Juan llegó después de Pedro a la tumba, afirma que vio y creyó, porque en la tumba vacía entendió que la ausencia de Jesús se debía a una acción divina. La piedra estaba corrida, no para que Jesús saliera, sino para que nosotros entendiéramos que no lo debemos buscar entre los muertos.

Más adelante, Jesús se manifestó a las mujeres, los apóstoles y a muchos discípulos. Ellos proclamaron un mensaje especial: “Jesús murió, fue sepultado, resucitó y se apareció vivo a muchos”. Esta experiencia con Jesús resucitado es una experiencia de fe.

La Iglesia se formó sobre el testimonio de la fe de Pedro y los demás apóstoles, testigos inmediatos de la resurrección, quienes inspirados por el Espíritu Santo ponen por escrito sus experiencias en los escritos del Nuevo Testamento.

La resurrección de Jesús es algo real, que ocurre en el tiempo y el espacio y que tiene ciertas características: Él se deja reconocer solo de algunas personas, quienes inicialmente lo pueden confundir con un jardinero o forastero. Su cuerpo no es como el de aquellos que Él resucito (Lázaro, la hija de Jairo y otros) que volverían a morir, es un cuerpo glorioso, inmortal. Su cuerpo es reconocible como el del Jesús que murió en la cruz, pero puede entrar y salir estando las puertas cerradas y desaparece cuando desea. Los apóstoles testificaron que Jesús resucitado tenía un cuerpo real porque lo vieron, lo tocaron, habló y comió con ellos. Jesús se manifestó a los discípulos reunidos, usualmente el domingo y en el contexto de la fracción del pan. Después de la resurrección se refiere a los creyentes como “mis hermanos” ya que con su muerte y resurrección ganó del Padre que seamos hijos adoptivos de Dios y por lo tanto sus hermanos.

Al morir, Jesucristo pagó la deuda y el castigo que nosotros por nuestros pecados merecíamos y al resucitar nos reconcilia con Dios y nos permite participar de una vida nueva. Su resurrección es certeza de que nosotros cumpliendo su palabra no pereceremos con la muerte sino que por el contrario también resucitaremos con Él. La presencia de Jesucristo resucitado se hace sentir en nuestras vidas individuales cuando al convertirnos de corazón experimentamos su salvación y podemos percibir por la fe cada día su presencia en los diversos acontecimientos de nuestra vida y en nuestra experiencia de oración. Su presencia es tan real que tenemos que convertirnos en testigos y salir a proclamar: Él está vivo, yo lo he experimentado en mi propia vida.

Héctor G. Lizcano, psicólogo y trabajador social, tiene estudios de teologia y filosofia.