Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Monday, May 21, 2018

Frecuentemente nos quejamos de lo difícil que es encontrar a Dios a pesar de nuestros esfuerzos. No nos damos cuenta que Dios tiene la iniciativa de manifestarse antes que nosotros de buscarlo: “Ustedes no me escogieron a mí, sino que yo los he escogido a ustedes” (Jn 15,16). Dios se manifiesta en medio de nosotros y con los ojos de la fe podemos descubrirlo y amarlo. Un pensador desconocido escribía: “Me busqué a mí mismo, y no me encontré. Busqué a Dios, y se me escondió. Busqué a mi hermano y encontré a los tres”. Consecuentemente, la búsqueda de Dios comienza en el hermano.

Al revisar las escrituras descubrimos que Dios ama a todos sin excepción, pero muestra especial predilección por los pobres y marginados, por aquellos que la sociedad rechaza y que son considerados personas de segunda categoría. Jesús es claro acerca de su identificación con los pobres y los que sufren: Todo lo que se haga a los hambrientos, sedientos, inmigrantes, carentes de ropa, enfermos o presos, se lo hacemos al mismo Jesús. Este será el criterio para el juicio final (Mt 25).

 

La Biblia es muy clara con relación a la actitud hacia los inmigrantes: “No hagan sufrir al extranjero que viva entre ustedes. Trátenlo como a uno de ustedes; ámenlo, pues es como ustedes. Además, también ustedes fueron extranjeros en Egipto” (Lev 19,34). Jesús tiene muchos rostros y hoy día también tiene rostro de inmigrante. Como Iglesia estamos llamados a servir a Jesús en cada inmigrante.

 

Jesús trabaja en los campos agrícolas, en las fábricas, cocinas, jardines, oficinas y hospitales. Él trabaja empacando pollos, vendiendo hamburguesas, construyendo casas, cuidando gallinas y vacas, sembrando hortalizas y flores, manejando camiones, atendiendo clientes bancarios, cuidando enfermos, haciendo el aseo en casas, enseñando a los niños en las escuelas.

 

Jesús se pasea por los centros comerciales, las calles de las grandes ciudades y por los campos aislados de la civilización. Su aspecto cambia frecuentemente: a veces tiene aspecto de mujer que va con varios niños, de anciano, de joven, de jornalero que en la calle espera quien lo contrate, de drogadicto, de niño juguetón. Jesús aparece tras la figura de un desamparado, enfermo, preso o de un profesional. Él viaja en un vehiculo destartalado, en el metro, el transporte publico y también en carro nuevo.

 

Jesús en las calles no se parece al que los cuadros tradicionales pintan. Jesús tiene piel negra, blanca o cobriza. Tiene ojos rasgados, negros, marrones, azules o verdes. Se le ve alto o bajito, delgado y a veces obeso. Cuando Jesús habla lo hace con acento, en ocasiones solamente se comunica en una lengua extranjera. Jesús a veces tiene documentos de inmigración, otras veces no tiene documentos. Sin embargo, Él es siempre el mismo Jesús.

 

Jesús y su familia asumieron la condición de inmigrantes al huir de Herodes y refugiarse en Egipto. Cuando viniendo de Galilea iba enseñando por Judea y Samaría Jesús se presentaba como un profeta que no era nativo de dichos lugares y que se delataba por su acento y costumbres. Los ojos de la fe nos permiten descubrirlo hoy en todos aquellos hermanos inmigrantes.

 

Los Obispos Católicos de Connecticut recientemente publicaron un documento titulado “Ver al Inmigrante con los Ojos de la Fe”. En dicho documento los pastores de la Iglesia destacan el valor dado por Dios a todas las personas, sin tener en cuenta su estatus legal y se proclama que todos tienen derecho a que se les reconozca la dignidad humana básica.

 

Los obispos presentan su posición basada en la revelación divina y la ley natural: “La noción de que los inmigrantes indocumentados como seres humanos son inferiores a los ciudadanos legales no puede tener justificación en la vida Cristiana. La consideración de la dignidad humana debe prevenir que una persona sea cruelmente reducida al ansioso estado de ‘extranjero ilegal’ o que sea tratada solamente como un objeto económico o una unidad de trabajo, sin atención a la unidad familiar o a las necesidades sociales, culturales y religiosas de la persona. El apoyo de la dignidad de la persona debe comenzar a un nivel muy local, en la familia, la parroquia y en la comunidad”.

 

San Agustín decía: “Si quieres saber si recibiste el Espíritu, pregunta a tu corazón. Si encuentras en él el amor al hermano, estás seguro, porque no puede darse el amor sin el Espíritu de Dios...” Este amor al hermano, pobre, marginado o inmigrante se ha de manifestar en acciones concretas que ayuden directamente a las personas inmigrantes o que apoyen las obras de beneficencia a favor de ellos. Debe promoverse una acción política que respete la dignidad de los inmigrantes, la unidad de las familias y agilice la obtención de visas, manteniendo la seguridad de las fronteras. Nuestros obispos haciendo eco del evangelio nos exhortan: “No hay lugar en la familia Católica para el racismo, el odio a los extranjeros, el nacionalismo exagerado, o la discriminación contra los inmigrantes. En el nombre de Jesucristo debemos acoger al extranjero que está en nuestra puerta. Él/Ella es un reflejo de Jesús mismo”.

 

Héctor G. Lizcano, psicólogo y trabajador social, tiene estudios de teologia y filo