Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Wednesday, April 25, 2018

Como cristianos frecuentemente recurrimos a la oración para pedirle al Señor que nos sane de nuestras dolencias físicas y emocionales. En la historia de la Iglesia siempre se ha orado por los enfermos y aunque abundan oraciones privadas o grupos donde se ora específicamente por sanación, ninguna oración de sanación es tan completa y profunda como la Eucaristía.

Al comenzar la celebración, lo primero que se hace es buscar la sanidad espiritual al pedir perdón y reconciliarse con el Señor y los hermanos. Es lo más natural, ya que de acuerdo a la Palabra del Señor para acercarnos a su santuario debemos tener un corazón limpio (Sal 14). Al acercarnos a quien es totalmente santo nuestra condición de pecadores se hace evidente y entendemos que no podemos comer de su mesa si no nos hemos reconciliado, arrepintiéndonos y reconciliándonos mediante el sacramento de la confesión. No es posible recibir sanidad si no se experimenta la dependencia de Dios y de los demás. Sin sanidad espiritual no es posible obtener sanación emocional o física. La oración de reconciliación dirigida por el celebrante al comienzo de la misa nos permite de esta manera tomar conciencia y prepararnos dignamente para la santidad de la celebración en la que se está participando.

Al participar en la Eucaristía se es testigo de uno de los mayores milagros que ocurren cotidianamente. Desafortunadamente muchos de nosotros no tenemos los ojos de la fe para percibir la grandeza de lo que Dios está haciendo: mediante la invocación del Espíritu Santo, Dios se hace presente realmente en el pan y el vino, de la misma manera que mediante la acción del Espíritu Santo Jesucristo se hizo hombre en las entrañas de Maria.

La Eucaristía nos presenta al mismo Jesús cuya vida proclamamos al leer la Palabra. Él hace por nosotros lo mismo que hacía por sus contemporáneos, si lo dejamos actuar. Los resultados dependen de nuestra fe: “hágase según tu fe” (Mt 9,29 ). Si observamos nuestra conducta durante la celebración, caemos en cuenta que nos hace falta mucha fe y necesitamos humildemente pedirle al Señor que aumente nuestra fe.

En la Eucaristía vivimos el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo: la muestra suprema del amor de Dios. Lo maravilloso es que todo esto lo ha hecho Jesucristo por mí. De acuerdo a las palabras de Pablo: “me amó y se entregó por mí” (Ga 2,20). Jesús murió por mí y por todos. Por eso nuestro encuentro personal en la Eucaristía ocurre en un contexto comunitario.

Jesucristo restaura las relaciones rotas con Dios y los hermanos miembros de su cuerpo y nos dice: “Mira, yo estoy llamando a la puerta; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap 3,20). La comida que nos ofrece es su propio cuerpo y sangre. Esto no suena lógico de acuerdo a las categoría humanas. Pero Jesús no quiere darnos un simple abrazo para manifestarnos la reconciliación. Él se deja comer y beber y de esta manera se vuelve parte integral de nosotros mismos. Nos transforma con su poder milagroso y nos hace criaturas nuevas para que vivamos de acuerdo al Espíritu.

En el Padrenuestro pedimos que no nos deje caer en tentación porque diariamente estamos expuestos a ella. También la Iglesia pide que nos libre del mal en sus múltiples formas: incluyendo los efectos de experiencias pasadas, aquellos males que estén presentes y las circunstancias que están por venir, los males futuros. El peor mal que nos puede ocurrir es el pecado y sus consecuencias. No hay nada peor que eso, porque el pecado es rebelarse y decirle a Dios que no lo necesitamos o que lo que Él quiere que nosotros seamos no nos importa. Pecado también es decirle a Dios que somos nuestros únicos jueces y que los hermanos no nos interesan.

Jesús en la Eucaristía nos sana de los traumas sufridos y sus consecuencias, de las deficiencias en la manera de vernos a nosotros mismos y a los demás y de la culpa que cargamos por nuestras propias acciones. Él nos libera con su amor de nuestros miedos y temores, porque al sentirnos amados por Dios experimentamos que en el amor no hay temor, porque el amor echa afuera el temor y le da sentido a nuestra vida (I Jn 4,18). Él nos da fortaleza para asumir las naturales dificultades que la naturaleza humana implica como el dolor, la enfermedad y la muerte.

El celebrante muestra a Jesús como el cordero que se ofreció en sacrificio para quitar los pecados del mundo y al igual que el centurión, nosotros le decimos al Señor que no somos dignos de que entre en nuestra casa; no lo merecemos. Pero también sabemos que solo una palabra suya bastará para sanarnos.

El encuentro personal e íntimo con Jesucristo, según nuestra fe, puede tener un impacto mayor que el tocarle el borde de su manto (Mt 9,21). Al dejar que Él se apodere de nuestra vida estamos permitiendo que Dios en su generosidad actúe sobre nuestros pecados, enfermedades y dificultades emocionales convirtiéndose la Eucaristía en una fuente inagotable de sanación y de muchas bendiciones.

El autor vive con su familia en el área de New Haven.