Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Wednesday, May 23, 2018

A los enamorados se les nota en los ojos que aman y son amados. La revelación de que Dios es amor y nos ama a cada uno personalmente constituye lo central del mensaje cristiano. Siendo este un hecho real, debe de tener un impacto en nuestra vida emocional, espiritual e interpersonal.

Lo notable del amor de Dios radica no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos ha amado a nosotros primero. Dios, que por su naturaleza es trascendente e infinitamente grande y poderoso, se ha interesado personalmente por los habitantes de este pequeño planeta Tierra, que no es más que un puntito minúsculo e insignificante en la inmensidad del universo. Dios se interesa no solo por todos los seres humanos, se interesa por cada uno en particular, se interesa por mí.

Dios gratuitamente decidió formarme y llamarme a la vida. Dios lo hizo porque Él es bueno, no porque yo sea bueno. Dios pensó en mí, y estuvo pendiente de cada detalle de mi vida desde que estaba en el vientre de mi madre. De ser tan pequeño como la cabeza de un alfiler llegué a convertirme en un ser humano complejo con capacidad de pensar, sentir, recordar y resolver problemas abstractos.

El pecado vino al mundo y todos quedamos afectados por la soberbia de Adán. Cada uno ha fallado y se puede decir que no hemos cumplido con lo que Dios había planeado para nuestras vidas. También por nuestra soberbia, creyendo que lo sabíamos todo y que éramos más listos que Dios, se afectó nuestra relación con Él y nos hizo merecedores de la muerte y del infierno. Sin embargo, Dios que no quiere nuestra perdición, envió a su hijo para que nos salvara y con su muerte en la cruz pagó la cuenta que nosotros debíamos y nos garantizó junto a Él un lugar en el cielo si nosotros aceptamos su salvación.

A pesar de tales logros, fácilmente juzgamos a Dios con categorías humanas y pensamos que Él es como los hombres. Olvidamos que su amor no tiene parecido con el más noble amor humano por que es infinitamente superior. También olvidamos su invitación individual a tener una relación personal con Él.

Debemos recordar que Dios, al contrario de los humanos, perdona y olvida y por eso nuestro pecado, nuestro pasado es perdonado y olvidado, Él lo lanzó al fondo del mar.

Sentirnos profundamente amados por Dios es sentir que Él cuida de los más simples detalles de nuestra vida: hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados. El Señor, que cuida de los lirios del campo y procura que los pajarillos tengan su alimento también provee para que nada nos falte a sus hijos.

Las preocupaciones se hacen evidentes cuanto más olvidamos que Dios cuida personalmente de cada uno de nosotros. Sin embargo, Él nos recuerda que no debemos preocuparnos por el mañana y que debemos centrarnos en el presente, ya que cada día tiene su afán. Nuestro Padre celestial sabe que necesitamos perdón, comida, vestido, paz y armonía en nuestras vidas y Él provee apoyo para nuestras necesidades corporales, emocionales y espirituales.

Las angustias relacionadas con las dificultades de la vida como los traumas, injusticias sufridas, enfermedades, y muertes nos invitan a recordar la invitación personal que el Señor nos hace: “Vengan a mi todos los que estén cansados y agobiados que yo los aliviare”.  Dios que es el dueño del tiempo tiene la capacidad de sanar los traumas del pasado y sus consecuencias. En Él vivimos y nos movemos y Él siempre está presente en todos los acontecimientos de nuestra vida. Dios actúa hoy y su acción no se limita a los tiempos bíblicos.

A los pies del Señor podemos poner nuestras angustias y preocupaciones, recordando que Él navega junto con nosotros en el barco de nuestra vida. Él está presente cuando hay ocasiones tormentosas y tiene el poder de calmar la más fuerte tempestad con solo una orden suya. El Señor tiene el poder de mandarnos a caminar sobre las aguas y nosotros podemos hacerlo mientras no retiremos la mirada de su rostro, porque en ese caso el viento de la tempestad nos asusta y nos da inseguridad.

No perder de vista a Jesús presente en medio nuestro es la clave para mantener control de la vida. Nuestra respuesta al amor de Dios implica ponerlo a Él por encima de todas las cosas. Entender que nada ni nadie puede ser más importante que Dios, pues al descubrir su santidad y fascinante belleza, todo lo demás pierde valor. Jesús está presente en cada persona que sufre, en cada ser humano que está en contacto con nosotros. Cada ser humano hecho a imagen y semejanza de Dios requiere nuestra atención y respeto. No es posible amar a Dios sin amar al hermano.

Sentirnos personalmente amados por Dios es fuente de paz, tranquilidad, sanidad y ánimo. Sentirnos amados como hijos nos debe llevar a comportarnos como tales. En la medida en que nos sintamos amados y correspondamos a ese amor se nos va a notar en los ojos, palabras, sentimientos y acciones que somos amados y estamos enamorados.

El autor vive con su familia en el área de New Haven.