Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Sunday, June 24, 2018

La identidad del cristiano se caracteriza y manifiesta por el amor a Dios y a los hermanos. La soberbia de la primera pareja de querer ser iguales a Dios y pensar que eran más astutos que Él llevó a que se cometiera el primer pecado. Caín se compara con su hermano Abel y siente envidia de él. Este sentimiento lleva a que se cometa el primer homicidio. Envidia es sentir tristeza por el bien ajeno y alegría por el mal que sufre el prójimo. La envidia entre hermanos es ilustrada en la actitud del hermano mayor en la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11-32). La envidia es una alarma que indica que nuestra entrega al Señor es incompleta, que nuestra conversión aún necesita efectuarse más profundamente. La envidia en la Iglesia es un gran obstáculo para el crecimiento de la comunidad cristiana y a menudo destruye nuestras comunidades.

Algunos dirán que es inevitable compararse con los demás y desear obtener lo que otros poseen. Es aceptable compararse si se procura progresar por medios lícitos que no atropellen a otros. Al cuestionar la envidia, se cuestiona la actitud ante el hermano. Existe una competencia sutil donde se quiere adquirir poder, posesiones o placeres y muchas veces se desea esto a cualquier precio.

La Sagrada Escritura nos presenta una de las muchas maneras de practicar el amor: “Alégrense con los que están alegres, lloren con los que lloran” (Rom 12,15). La envidia es invertir el significado de este mensaje entristeciéndose cuando alguien está alegre y alegrándose cuando alguien está en dificultades.

El amor al prójimo no significa que automáticamente sintamos emociones gratificantes por todas las personas. Sentimos fácilmente esas emociones solo por las personas que nos caen bien. Si amar fuera fácil, Dios no habría tenido que mandarnos a amar a los demás. El amor al prójimo, más que un sentimiento es una actitud, y decisión: yo deseo lo mejor para la otra persona, no quiero sufra, ayudo a que sea feliz. El amor al prójimo Jesús lo extendió de los conocidos, a los desconocidos, los necesitados y rechazados de la sociedad e incluso a los enemigos y a quienes nos persiguen. Ante el mal de los demás, como en el caso de Caín, Dios no permite como respuesta la venganza. Cuando Jesús o Esteban son injustamente llevados a la muerte, oran por el perdón de sus verdugos.

Pablo en I Corintios 13 magistralmente nos presenta lo que es el amor y lo que no es: “Tener amor es saber soportar; es ser bondadoso; es no tener envidia, ni ser presumido, ni orgulloso, ni grosero, ni egoísta; es no enojarse ni guardar rencor; es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad. Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo”. El amor así descrito implica benevolencia, es decir quiere el bien del otro y también implica sacrificio y entrega.

En el cuerpo de la Iglesia, la envidia surge frecuentemente porque no todos comprenden ni respetan las diferencias de ministerios y servicios, y por eso, los miembros continúan comparándose y envidiándose. Pablo en Romanos 12,3-5 nos ilumina esta situación: “Por el encargo que Dios en su bondad me ha dado, digo a todos ustedes que ninguno piense de sí mismo más de lo que debe pensar. Antes bien, cada uno piense de sí con moderación, según los dones que Dios le haya dado junto con la fe. Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y no todos los miembros sirven para lo mismo, así también nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo y estamos unidos unos a otros como miembros de un mismo cuerpo”.

Dentro de la Iglesia no estamos en competencia para ver cual comunidad actúa mejor, canta mejor, o colecta más fondos para cualquier ministerio. No hemos sido llamados a competir en una carrera contra otros, por el contrario, caminamos juntos y vamos en la misma dirección. En el camino estamos llamados a ayudarnos unos a otros de acuerdo a nuestras capacidades y cualidades. Cuando lleguemos a las puertas del cielo, no entraremos si llegamos solos. La carta a los Efesios (4,2-3) nos invita: “Sean humildes y amables; tengan paciencia y sopórtense unos a otros con amor; procuren mantener la unidad que proviene del Espíritu Santo, por medio de la paz que une a todos”. Nuestra solidaridad y trabajo en equipo, en coordinación con nuestros pastores, nos ha de recordar que trabajamos para el Señor y no para una persona en particular y mucho menos para nuestros intereses egoístas.

Para concluir, recordemos las palabras de San Agustín: “La envidia es la fiera que arruina la confianza, disipa la concordia, destruye la justicia y engorda toda especie de males”. Esta fiera se doma siendo concientes y agradecidos por nuestras propias cualidades, usándolas apropiadamente y siendo conscientes que las cualidades de los demás son también una riqueza para todos. Dios ha repartido muchas cualidades sin merecer nosotros esos dones. Dios ha repartido nuestras cualidades para el bien de todos y no para ser usadas egoístamente. La riqueza de uno es riqueza de todos.

El autor vive con su familia en el área de New Haven.