Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Wednesday, May 23, 2018

Se habla de lo complejo que es el perdón, especialmente cuando se considera lo difícil que es perdonar. El perdón es característico y esencial al cristianismo. El perdón de Dios al hombre, ilustra el tema en la tradición judeocristiana. Al experimentar el perdón divino, descubrimos la bondad y el amor de Dios que perdona las ofensas humanas y al contrario de los hombres las olvida (Is 43,25). Dios es quien define lo que debe ser el perdón: "De la misma manera como Cristo los perdonó, así también háganlo ustedes" (Col 3,13).

La parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32) ilustra la actitud de Dios al perdonar: el padre no solo perdona al hijo por su actitud ante Él y los errores cometidos fuera de casa. Él le ofrece al hijo más de lo que este le pide: en lugar de recibirlo como obrero, lo recibe como su hijo muy amado. La extrema generosidad del padre molesta al hermano mayor que había permanecido fielmente en casa. El padre no solo hace borrón y cuenta nueva, sino que restaura la relación del hijo con Él y comienza una nueva vida, porque su amor por el hijo perdido no lo pudieron ahogar su rebeldía y el abuso de su libertad. El hijo reconoce sus errores y busca al padre. Esto desencadenó en el corazón del padre el perdón, la acogida y la restauración de la relación personal de padre e hijo, llegando a ser tal acontecimiento motivo de una alegre celebración.

Tenemos que estar en disposición de recibir el perdón que generosamente Dios o los humanos nos otorgan. Dios ofrece el perdón y facilita la reconciliación, restaurando la relación que se había visto afectada por el pecado. Entre los hombres se puede y debe perdonar, a pesar de que no siempre es posible restaurar la relación o hacer las paces. Recordemos a Jesús en la cruz: Él perdona a quienes están matándolo sabiendo que no había probabilidad (al menos en ese momento) de reconciliación. Jesús sabía que a pesar de que Él los perdonara, no por eso ellos iban a bajarlo inmediatamente de la cruz y a salvarlo de la muerte. Él perdonó a sus enemigos, sin esperar nada a cambio y nos enseñó que el alcance del perdón debe llegar hasta esos extremos de amar y perdonar a los enemigos, haciéndoles incluso el bien.

El perdón de Dios a los hombres y su intención de lograr también una reconciliación con cada uno en particular, explica el misterio de la cruz de Cristo. Dios expresa su amor en el perdón. Nuestra experiencia personal de Dios se entiende mejor cuando experimentamos su perdón, cuando nos acercamos a Él y reconocemos nuestra falta de amor y desvío de su voluntad acerca de nuestras relaciones con Él y con los demás. Si no admitimos que somos pecadores, no podemos ser perdonados.

El perdón es difícil porque hay una inclinación hacia lo contrario. Sin embargo, por la acción del Espíritu Santo, es posible perdonar de todo corazón. En la medida en que experimentamos lo mucho que Dios nos perdona y ama, podemos crecer espiritualmente y tener los mismos pensamientos y sentimientos de Cristo. Al perdonar experimentamos verdadera sanidad del dolor, odio y el resentimiento y nuestras heridas se vuelven cicatrices.

Perdonar no es espontáneo o reflejo, es una decisión personal, voluntaria y racional que retira el castigo por una ofensa cometida contra alguien. Es abandonar la amargura, enojo y odio contra el agresor. Es estar dispuesto a hacer "borrón y cuenta nueva" y a restaurar las relaciones con el agresor (si es posible o conveniente) "como si nada hubiera ocurrido".

Perdonar es ver al ofensor con unos ojos diferentes y creer que se le puede dar la oportunidad para la rehabilitación y el cambio. Perdonar es entender que la persona del ofensor no es lo mismo que la ofensa y aunque se rechace la ofensa, no se rechaza la persona que ha ofendido.

Perdonar es un acto de noble generosidad, que se efectúa en lo profundo de los pensamientos y sentimientos de quien perdona.

Perdonar no olvida la ofensa. Esta se recuerda libre de todas las emociones negativas asociadas con ella sin permitir que el odio, la amargura y el resentimiento carcoman los sentimientos personales. Es no seguir cargando el odio que quisiera hacer desaparecer al otro. Es permitir que las heridas cicatricen y aunque quizás algunas cicatrices no se borren del todo, las cicatrices son signo de heridas que han sido sanadas.

Nosotros podemos escoger el perdonar a otro de todo corazón, en privado, aunque la persona no nos haya pedido perdón. También lo podemos hacer públicamente o explícitamente. Aunque no siempre es posible la reconciliación (por ejemplo cuando la otra persona no quiere arreglar el problema) el perdón libera a la persona de la carga del pasado y facilita caminar hacia el futuro.

El perdón es la manera más efectiva de quedarse sin enemigos y es la forma más segura de sanar el odio. El verdadero amor está dispuesto a perdonar, pues el perdón es la forma más noble y sublime de expresar el amor, como lo hizo Jesucristo en la cruz.

El autor vive con su familia en el área de New Haven

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