Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Saturday, February 24, 2018

Todo árbol bueno da fruto bueno, pero el árbol malo da fruto malo. El árbol necesita estar plantado en terreno apropiadamente húmedo y firme y expuesto al sol para poder dar frutos de calidad. San Pablo (Gal 5,19-26) enumera los frutos de las malas inclinaciones que son la resistencia a la acción del Espíritu Santo: fornicación, impureza, libertinaje, embriaguez, orgías, odios, discordias, celos, iras, rencillas, divisiones, envidias. Por el contrario los frutos del Espíritu son el resultado de la sumisión a la acción salvífica de Dios: amor, alegría, paz, paciencia, mansedumbre, bondad, benignidad, longaminidad, fe, modestia, templanza y castidad.

La vida espiritual es una continua lucha entre las inclinaciones malas y las del Espíritu que termina con la muerte o la vida eternas. El mundo tiende a desprestigiar y a ridiculizar aquello que sea espiritual invitando a seguir indiscriminadamente los impulsos de las inclinaciones malas que son valores relativistas y ajenos a la voluntad de Dios. Los frutos del Espíritu son el sometimiento dócil de las virtudes o cualidades humanas a la acción del Espíritu Santo.

Hay quizás áreas de la vida no entregadas plenamente a Dios y por ello cuesta mucho trabajo hacer el bien. Cuando alguien está aprendiendo a nadar, escribir o a bailar, si no se relaja lo suficiente y no confía en el instructor tiene dificultad aprendiendo la habilidad deseada. Igualmente ocurre con la acción del Espíritu Santo en cada creyente. Si el cristiano no se entrega confiadamente a Dios, la práctica de las virtudes se vuelve difícil y los frutos no son agradables; por el contrario, cuando se deja guiar por el Espíritu se hace con gusto lo que antes costaba dificultad o sacrificio.

Permitir que el Espíritu Santo actúe es hacer que la persona sea plenamente humana, porque permite sacar lo mejor de nosotros llegando a ser lo que Dios originalmente quiso del ser humano, que con la acción del pecado fue desfigurado. Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza y el Espíritu hace que el amor del Padre y el Hijo unidos al cristiano produzca frutos imperecederos originados en la gracia de Dios más que en las simples cualidades humanas. La acción salvífica de Dios se manifiesta en que por el bautismo nos convertimos en templos vivos del Espíritu Santo, poniéndonos en armonía con nosotros mismos, con las demás personas y con Dios. Jesús ha dicho que por nuestros frutos nos conocerán (Mt 7,20). Ya no somos simplemente personas que producimos frutos efímeros, somos hijos de Dios que producimos frutos perennes, pues como Pablo decía: "ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mi" (Gal 2,20).

Cuando uno se entrega a Dios, lo único que importa es hacer su voluntad dejándose guiar por la gracia y los impulsos del Espíritu. De esta manera amamos a Dios y a los hermanos como Él quiere que lo hagamos, experimentamos la alegría de sentirnos amados por Dios y la paz de estar en sus manos. En el diario vivir sobrellevamos con paciencia las dificultades propias de la vida y tratamos a los demás con la bondad que refleja la tolerancia y misericordia divinas. El Espíritu nos hace sentir las necesidades del hermano compartiendo nuestros bienes, tiempo y cualidades. Él fortalece nuestra fe para creer sin vacilaciones en las enseñanzas del Señor y en sus inspiraciones divinas. Él nos permite tener dominio propio en el comer y el beber y encausar la sexualidad apropiadamente de acuerdo a nuestra condición de casados o solteros.

Los frutos del Espíritu reflejan nuestro contacto con la santidad de Dios quien nos transforma al sumergirnos en su amor de Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador. Él nos ha sembrado en su jardín que es la Iglesia y espera que demos frutos que transformen el mundo. Los frutos que al Señor le importan son aquellos que no se pudren fácilmente sino que duran para toda la eternidad. Esto sólo es posible bajo la acción del Espíritu Santo que nos ayuda a pensar de acuerdo a la Palabra de Dios, a tener los mismos sentimientos de Cristo y a actuar de acuerdo a su voluntad.

El autor vive con su familia en el área de New Haven

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