Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Sunday, February 18, 2018

Qué queremos decir los cristianos cuando proclamamos que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre? Ante todo que Jesucristo no es una ideología, sino alguien con quien se puede tener una relación personal que afecta profundamente nuestra vida. Jesucristo como verdadero Dios es hijo del Padre y como verdadero hombre es hijo de María. Conocer a Jesucristo es acercarnos a la luz y ponernos en contacto con nuestra humanidad, sus miserias y limitaciones y con lo divino en su forma más accesible.

Jesucristo es verdadero hombre. Cuando María dijo sí al ángel mensajero de Dios, el gran Dios hacedor del universo adquirió la naturaleza humana siendo tan diminuto como una cabeza de alfiler. Él al igual que todos los humanos tuvo que esperar nueve meses en el vientre de María, usó pañales y fue alimentado y cuidado por sus padres, a quienes estuvo sujeto hasta los treinta años. Con ellos aprendió las costumbres religiosas y el trabajo de carpintero, siendo semejante en todo menos en el pecado.

Durante su vida pública, se manifestó muy humano: lloró ante la tumba de Lázaro, sentía hambre y sed, se cansaba y tenía que retirarse a dormir, sufrió una angustia terrible hasta sudar sangre en Getsemaní, tenía amigas y amigos, iba a reuniones sociales, sentía compasión de los enfermos y necesitados, se enojó cuando la gente convirtió el templo en un mercado, se sintió abandonado por todos en la cruz. Experimentó las tentaciones por parte del demonio para no cumplir su misión y sufrió el terrible dolor de su pasión.

Jesucristo es verdadero Dios. Descubrir esto es un regalo divino que nos concede la fe para creer que detrás del hijo del carpintero está también Dios mismo. A medida que Jesús hablaba y actuaba su naturaleza divina se iba revelando. Jesús declaró existir antes que Abraham o de la creación del mundo. Dijo ser "el pan vivo bajado del cielo". El Evangelio de Juan (1,1-5) claramente indica la divina preexistencia de Jesús, que es la Palabra, Dios mismo, hacedor de todo lo existente.

Dios reveló a Moisés en la zarza ardiente su nombre: "YO SOY". Jesús repite que El es "YO SOY": ‘Si no creéis que YO SOY, moriréis en vuestros pecados’ (Jn 8,24), y también: ‘Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, entonces conoceréis que YO SOY’ (Jn 8, 28). Jesús es el anunciado Emmanuel, "Dios con nosotros" esperado en los tiempos mesiánicos.

La identidad divina se expresa de diversas maneras: ante Pilatos proclama venir "a dar testimonio de la verdad" y ante la tumba de Lázaro dice que es "la resurrección y la vida". Siendo Jesucristo el dueño de la vida, Él hace partícipes a los demás: "el que cree en mí aunque muera vivirá". "Él es el pan de vida y quien lo come vivirá para siempre".

Jesucristo revela que Él tiene poderes que solo le corresponden a Dios: juzgar a vivos y muertos, y perdonar los pecados. Él confirma este poder sanando a un paralítico, perdonando a la pecadora pública y a la mujer adultera frente a todos. Este ministerio de perdonar los pecados lo confía a los apóstoles y a sus sucesores:" Reciban el Espíritu Santo, a quienes les perdonen los pecados les serán perdonados".

Jesús enseñaba con autoridad y al interpretar la ley se muestra igual a Dios. Él se identifica con el Padre.

Lo anterior hizo que las autoridades religiosas judías intentaran en varias ocasiones apedrearlo por blasfemo, ya que se identificaba con Dios mismo. Cuando finalmente lo llevan preso y el sumo sacerdote le pregunta si Él es el Mesías y el Hijo de Dios Jesús responde sin vacilar: "Sí, yo soy. Y ustedes verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso, y viniendo en las nubes del cielo". Esto hizo que Jesús fuera condenado a muerte.

Jesucristo tenia una conciencia de que su misión en la tierra era hacer la voluntad del Padre muriendo en la cruz para que los pecados fueran perdonados y nosotros pudiéramos vivir después de la muerte participando de la gloria de Dios al hacernos sus hijos adoptivos. Jesucristo no sufre en la cruz porque le guste el sufrimiento, sino porque Él no quiere que nosotros suframos. Él no desprecia la felicidad o la vida, al contrario, sufre y da su vida para que seamos felices y tengamos vida en abundancia.

La secuencia de Jesús crucificado, muerto, sepultado y resucitado, nos muestra la ternura y el amor divino que asume la naturaleza humana y nos transforma en hijos de Dios dándonos la capacidad de sobrevivir la muerte eternamente junto con El. San Irineo resume bellamente esta realidad: "Por su inmenso amor Él se ha hecho lo que nosotros somos, para darnos la posibilidad de ser lo que Él es".

El autor vive con su familia en el área de New Haven

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