Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Sunday, May 27, 2018

Qué es lo que Dios quiere de mi? Cuál es mi función en el mundo? La respuesta a estas preguntas para el cristiano depende de la relación que se tiene con Dios. Al convertirse, aceptando a Jesucristo por la fe y bautizándose en el nombre de Dios uno y trino, de una manera misteriosa pasamos a formar parte del cuerpo de Jesucristo que es la Iglesia. En la Iglesia es donde Dios nos ha puesto para que, respondiendo a su voluntad, crezcamos en la fe y nos desarrollemos como personas humanas.

La Biblia presenta muchas imágenes o metáforas para que podamos entender mejor lo que es la Iglesia: pueblo de Dios, redil, rebaño, labranza, árbol, construcción, madre y esposa. Sin embargo, una de las imágenes mas usadas en la predicación de San Pablo es la de cuerpo (I Co 12 & 14. Ro 6 & 12).

Cristo es la cabeza y nosotros sus miembros. Cada uno tiene una función distinta y Dios nos usa no como simples miembros de un grupo sino como partes vitales del cuerpo misterioso de Cristo que es animado por el Espíritu Santo.

Solo es posible mantenernos vivos espiritualmente, si estamos unidos a la totalidad del cuerpo de la Iglesia a través de las venas, nervios, músculos, huesos y por supuesto a la cabeza. Cuando el Señor nos dice "sin mí no pueden hacer nada" eso es lo que Él significa: nada. No es posible que podamos dar fruto si no estamos unidos a Él y si no recibimos su gracia diariamente a través de nuestra relación personal con la cabeza y con todos sus miembros.

La Iglesia comunica la gracia o acción del Espíritu Santo que mantiene al cuerpo vivo gracias a los sacramentos que de una manera misteriosa transmiten la gracia invisible y nos mantienen unidos al cuerpo y la cabeza. Dios no quiso que nuestra vida de cristianos se desarrollara independiente de la Iglesia. Como un cuerpo necesita de alimento, líquido, temperatura apropiada, limpieza e higiene para mantenerse saludable, de la misma manera necesitamos de los diversos sacramentos para hacer nuestra vida santa. No importa lo que seamos y en qué circunstancia estemos, nosotros podemos en algún momento expresar con convicción: "ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí".

En la Iglesia conviven al mismo tiempo la Santidad de Dios y nosotros los pecadores que estamos en camino de conversión diaria y que luchamos para que la gracia de Dios actúe en cada uno permitiéndonos ser portadores de Jesucristo donde quiera que vayamos. Es lamentable que muchas veces no demos el testimonio a que estamos llamados, pero desafortunadamente desde el comienzo de la Iglesia comenzando por el primer papa y los primeros obispos (apóstoles) hubo infidelidades y desaciertos. Sin embargo Jesucristo prometió que las puertas del infierno no podrían derrotar la Iglesia (Mt 16,13-20).

Cuando alguno de los miembros falla, los demás miembros se resienten y sufren, y lejos de abandonar al compañero de batalla, todo el cuerpo ayuda a restaurar la salud en el miembro enfermo para que pueda funcionar bien y no afecte a los demás miembros del cuerpo. Igualmente, cuando un miembro está saludable o hace su función muy bien, todo el cuerpo se beneficia pudiendo cada uno hacer mejor lo que le corresponde.

Al ser los miembros de la Iglesia diferentes entre si todos tenemos una función única, que nadie puede remplazar y que es necesaria dentro de la Iglesia, para que lleguemos a estar vivos. Si nosotros no cooperamos en la causa común de la Iglesia que es la de llevar la persona de Jesucristo con su mensaje y salvación a todos los hombres, le hacemos daño a la Iglesia y nos hacemos daño nosotros mismos porque no estamos hechos para no hacer nada.

La Iglesia es una proveedora de servicios y todos somos importantes, porque Jesucristo murió por cada uno de nosotros y nos ha destinado para que demos fruto y nuestro fruto permanezca. Esto significa que nuestro trabajo es el de hacer lo que nos corresponde sin acaparar todos los servicios que hay en la Iglesia. No estamos en la Iglesia para recibir honores u obtener beneficios egoístamente.

Somos responsables de permitir que Dios actué y también de permitir que los demás miembros del cuerpo hagan su función. Como cristianos estamos llamados a orar constantemente por la unidad de la Iglesia dentro de su diversidad, por la conversión de todos los miembros incluyendo sus ministros y servidores y por ayudarnos a que cada uno llegue a la santidad. De esta manera en todos los tiempos podremos hacer realidad la presencia salvadora de Jesucristo en todas las esferas de la sociedad.

El autor vive con su familia en el área de New Haven

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