Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Thursday, June 21, 2018

Las personas frecuentemente buscan todo tipo de emociones fuertes para sentirse bien. Este culto a lo emocional hace que cosas más importantes no sean consideradas como tales. Los espectadores deportivos piden cada vez más de los competidores. El boxeo, circo, toreo, acrobacias o carreras de autos o motocicletas presionan peligrosas actuaciones arriesgando la vida y bienestar personal para complacer a un público sediento de emociones cada vez más intensas. Cuando las multitudes piden más y más de los competidores, están indicando que para ellos la vida de los deportistas no vale y que lo importante son las emociones experimentadas cuando enfrentan situaciones muy peligrosas. Esto no significa que hay que descalificar o suprimir los deportes, lo que indica es que los deportes no son más que eso: deportes y que hay que centrarse en los aspectos positivos del deporte sin llegar a excesos. Nunca el deporte debe estar por encima de la dignidad o seguridad de las personas.

Los niños inconformes con los juguetes tradicionales o lecturas exigen cantidad de juegos de video, juguetes electrónicos, computadores y programas de televisión. Sin ellos sienten que es imposible distraerse o relajarse. Los padres y educadores deben enseñar a los niños a distinguir el uso y el abuso de los medios electrónicos de comunicación y diversión. La recreación es una actividad lícita y necesaria, pero nunca debe ser alienante. Hay personas que terminan obsesionadas por los juegos de video, el Internet o la televisión, descuidando sus obligaciones familiares o profesionales y gastan mucho tiempo dependiendo de esos medios de comunicación o recreación descuidando lo que debe ser más importante.

Esta situación se ilustra también con el consumo de alcohol, las drogas y la comida. El alcohol y los alimentos usados con moderación no tienen problema. Hay personas que por sus condiciones de salud deben abstenerse totalmente del alcohol y de ciertos alimentos. Las drogas por su parte afectan seriamente el cerebro y trastornan la vida personal, laboral y familiar del individuo. El abuso es una falta de respeto con nosotros mismos y un desprecio al creador que nos ha dado nuestro cuerpo para que lo cuidemos.

Igualmente ocurre con la promiscuidad y la pornografía que sacan el placer sexual de lo ordenado por Dios dentro del matrimonio, creando un mundo de ficción que genera muchos problemas y desajustes en las parejas. Se olvida fácilmente que cada uno de nosotros es un templo del Espíritu Santo (1 Co 6, 15-20) y que todas nuestras acciones deben manifestar ese profundo respeto por el cuerpo y su cuidado.

Muchas veces equivocadamente se cree que todo aquello que produzca placer es intrínsecamente bueno y si no existe un placer o una reacción emocional fuerte entonces no vale. Hay personas que han querido llevar esto al terreno espiritual. Si una oración, culto o celebración no produce emociones fuertes, quizás similares a las de un concierto de música, entonces Dios no se ha manifestado. Hay que entender que las experiencias de fe no necesariamente son sensibles, y hay ocasiones en que estando muy cerca de Dios no se siente nada. En la historia de la Iglesia se habla de momentos en la vida espiritual en que no se experimenta la presencia de Dios, surgen muchas dudas acerca de su amor e incluso de su existencia. A esta experiencia San Juan de la Cruz la llamaba noche obscura, San Ignacio de Loyola la llamaba desolación espiritual. Santa Teresa de Lisieux, durante su enfermedad terminal, tuvo dudas de si algo la esperaría después de su muerte. Más recientemente la Madre Teresa de Calcuta también mencionaba que por casi cincuenta años sufrió de esta aridez espiritual hasta su muerte.

Lo que se deduce de las anteriores experiencias es que Dios es mucho más grande que nuestras emociones, y que su experiencia es una experiencia de fe que no podemos regular con un criterio emocional, de la misma manera que no podemos medir la temperatura con un metro si no con un termómetro.

La búsqueda desaforada de emociones fuertes nos puede llevar a no distinguir lo que es fundamental e importante en la vida y a tener prioridades equivocadas. Dios quiere que respetemos a la persona humana hecha a su imagen y semejanza (Gen 1, 27). También que aprendamos a disfrutar las cosas sencillas de la vida. Él nos ha prometido que estará con nosotros, su Iglesia, (Mt 28,20) hasta el fin de los tiempos, y su presencia es muy real incluso cuando se siente la angustia y el abandono. Jesucristo que las experimentó en Getsemaní y en la cruz redimió la soledad y el aparente abandono. Ellas forman parte esencial de la cruz, camino necesario para llegar a la plenitud de la vida.

El autor vive con su familia en el área de New Haven

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