Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Monday, April 23, 2018

Nuestra sociedad se ha enfrentado con violencia repugnante e inhumana que nos ha hecho temblar a todos. Tragedias como las de Tucson, la Torres Gemelas, Oklahoma, Virginia Tech y Columbine, entre otras muchas, han recibido el repudio de todos los sectores sociales.

Cuando estas tragedias ocurren, todos tratan de explicar la causa y a menudo se dedican a culpar a personas o factores sociales. Algunas explicaciones son extremadamente simplistas; y otras, aunque incompletas, tienen un rasgo de verdad. Explicar la violencia no es simple y muchos factores influyen en ella.

La violencia forma parte de la cultura desde formas aparentemente muy inofensivas. Los niños se ven bombardeados por dibujos animados que muestran acciones violentas, que en la vida real tendrían consecuencias fatales, como el medio normal de relacionarse y resolver problemas. Los video juegos siguen esta norma y la acción es brutal y mortífera. La violencia se vuelve una diversión y en la vida real actividades como el boxeo y la lucha libre arriesgan el bienestar de los participantes que sacrifican su salud para divertir los espectadores.

Las palabras también incitan la violencia. Se tolera hablar hiriendo los sentimientos y muchos niños y jóvenes en la escuela o el Internet sufren de intimidación y acoso verbal que ocasionalmente los llevan al suicidio. El exceso de retórica en los medios de comunicación y en la política inflama los ánimos y predispone a la violencia.

Las armas se venden muchas veces a quienes no están en condiciones de portarlas responsablemente: personas con antecedentes violentos y criminales o mentalmente inestables.

Algunos de quienes han cometido esos crímenes, que todos rechazamos, son enfermos mentales a quienes no se les ha proveído un tratamiento adecuado a sus necesidades; y sus enfermedades llegan a crisis extremas, porque no se ha hecho por ellos lo adecuado a tiempo.

Cuando la gente reacciona a las Matanzas; lo hace con razón, y todos hablan de buscar las causas y las soluciones. Sin embargo tantas reacciones y retórica ante los asesinatos generan muchas reflexiones. Se condenan los asesinatos con vehemencia cuando al mismo tiempo se acepta que la gente pueda decidir quien puede vivir y quien no. Esto ocurre con los abortos donde en nuestro país se han asesinado cerca de 50 millones de bebés no nacidos desde la legalización del aborto en 1973 por la corte suprema. Las mismas personas que condenan esos asesinatos y condenan las corridas de toros o riñas de gallos o la violencia contra los animales favorecen el aborto con palabras engañosas diciendo que el bebe no es mas que un puñado de células, o que la eutanasia (matar a los enfermos o ancianos) es muerte con dignidad. Muchas de las voces que condenan las muertes violentas apoyan la pena de muerte y la guerra, olvidando las muchísimas muertes que esta deja y las lesiones físicas y psicológicas de los militares que regresan de los combates, muchos de los cuales lastimosamente se suicidan.

Hay quienes dicen que los asesinos son monstruos, sin embargo ellos mismos promueven que a los enfermos no se les den los servicios de salud que obviamente ayudarían a prevenir esas tragedias que todos lamentamos. Es paradójico que la sociedad reconozca "un derecho" a abortar (que es licencia para matar sin sufrir persecución legal) mientras niega el derecho a recibir atención para la salud a muchos necesitados (que es derecho a vivir dignamente).

Nuestra sociedad está enferma cuando es inconsistente y contradictoria en los valores que nos orientan. El problema de fondo es que no se valora la vida humana de una manera consistente; y la valoración de la vida es relativa. A veces por intereses egoístas personales o políticos se desprecia la vida de muchas personas y se acepta y patrocina la muerte de millones de inocentes e indefensos. Después de esto, como si nada hubiera pasado, se condenan con vehemencia los asesinatos sin reconocer que ellos también son cómplices de apoyar las muertes de millones de inocentes.

No podemos seguir siendo ciegos a la falta de valores consistentes que defiendan la vida de todos, incluyendo a los más indefensos. El valor de la vida se sustenta en la ley natural y los valores cristianos. Esto va más allá de los intereses de cualquier grupo o partido político. Todos somos responsables de nuestros semejantes y como sociedad e Iglesia debemos defender la vida. La grandeza de una sociedad se demuestra en cómo atiende a sus miembros más débiles e indefensos y no debemos descansar hasta que garanticemos la vida y el bienestar de todos ellos: desde la concepción hasta la muerte natural, sin omitir ningún momento.