Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Thursday, April 26, 2018
Al acercarse cualquier celebración como navidad o un cumpleaños, las personas se preocupan por comprar regalos. Se invierten grandes cantidades de dinero en regalos que muchas veces no son del agrado de quienes los reciben. El corazón humano no se contenta solo con regalos materiales y la naturaleza humana no se nutre de objetos de valor. Con frecuencia se quiere hacer creer que se ama mucho porque el regalo es muy costoso. Los esfuerzos por complacer a los demás con regalos a veces fallan y al tratar de ser amables olvidamos que el regalo más valioso que un ser humano puede recibir es la presencia de otro ser humano.

Cuando Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza se dijo “no es bueno que el hombre este solo” (Gn 2,18). Su obra maestra estaba culminada cuando los hizo hombre y mujer y los puso para que se apoyaran y ayudaran mutuamente en el matrimonio. Dios, sin embargo, no quiso que la pareja se aislara de las demás personas y propuso la interacción con los semejantes como el medio más apropiado para desarrollar nuestro potencial humano. Las relaciones entre los humanos, al igual que las relaciones del hombre con Dios, se deben caracterizar por el amor: “Amaras al Señor con todo tu corazón y al prójimo como a ti mismo” (Mc 12, 29-32). Al final de los tiempos, el pasaporte para entrar a vivir con Dios eternamente es el amor a los hermanos (Mt 25, 31-46). No se puede decir que se ama a Dios a quien no se ve si no se ama al hermano a quien todos los días vemos (1 Jn 4, 20).

Para Dios el ser humano es valiosísimo: “Pues lo hiciste casi como un dios, lo rodeaste de honor y dignidad” (Sal 8, 5). Es precioso porque es hecho a su imagen y semejanza y vale tanto que Dios entregó a su propio hijo a la muerte para que el hombre se reconciliara con Dios y pudiera gozar de su presencia eternamente. Dios quiere que el hombre sea respetado en su completa dignidad y que nos ayudemos unos a otros a ser más humanos y a realizar nuestras posibilidades como personas. Debemos identificar qué necesidades tienen los demás y tratar de ayudarlos. No sólo nos corresponde preocuparnos por suplir las necesidades básicas de alimento, vestido, techo, educación, empleo y salud, sino también preocuparnos para que como cristianos tengamos un compromiso político votando por aquellos candidatos que trabajan para que estos derechos fundamentales sean respetados.

Además de las necesidades primarias las personas necesitan familia, amigos, confianza, autoestima, respeto por parte de otros, propiedad, libertad de expresión y de religión. Los humanos necesitan sentirse que forman parte de un grupo, que pueden sacar lo mejor de sus habilidades y crecer como personas de la mejor manera posible. Cuando se ama al prójimo se humaniza al otro. Jesucristo diviniza el amor hacia las otras personas: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron” (Mt 25, 40). Es tan sublime el acercamiento a un ser humano necesitado, que Dios se hace presente en cada necesitado. Esto significa que todo encuentro humano, especialmente en las obras de caridad, es un encuentro sagrado. Cuando sirves a alguien hecho a imagen y semejanza de Dios, que ha sido hecho hijo de Dios y en el cual habita Jesucristo doliente, le sirves al mismo Jesucristo. Lo que hagamos a los demás se nos tiene en cuenta para el último día, son puntos a favor o puntos en contra y el Señor nos dará a cada uno según lo que hayamos hecho (Mt 16, 27).

La soledad es uno de los factores sociales que más llevan a que las personas se depriman. El tiempo que dedicamos a las personas que no están en edad productiva tales como los niños y los ancianos es mínimo y ellos se resienten de nuestro abandono. Hay muchísimas maneras de darnos a las personas que están cerca de nosotros, conocidas y desconocidas. El destinar diariamente algún tiempo para conversar personalmente o llamar por teléfono a algunas personas puede ser de gran apoyo para ellas. El no descuidar a los miembros de nuestra propia familia y de nuestro trabajo, amigos o vecinos también es primordial. El teléfono, cartas o comunicación por el Internet pueden acercarnos a quienes están ausentes. Es lamentable que pasemos horas frente al televisor, computador o leyendo y muy poco tiempo con otros seres humanos. Hay personas que están rodeadas de gente pero que se sienten profundamente solas. No basta con recordarlas, es importante hacerles saber que las recordamos y apreciamos.

Cuando tengas que escoger un regalo para alguien, ya sabes que más valioso que cualquier presente material, el mejor regalo eres tú mismo, tu tiempo, tu presencia, tu genuino interés por la persona. Cuando des amor a otros, este adquiere expresiones concretas, quizás no muy heroicas, pero ellas son las que nos hacen humanos y cristianos a los ojos de Dios y del mundo. Si actuamos de esa manera, al final de los tiempos oiremos el llamado: “Vengan conmigo benditos de mi Padre, porque estuve solo y me acompañaste”… No hay mejor regalo que podamos recibir!

Héctor G. Lizcano, psicólogo y trabajador social, tiene estudios de teologia y filosofia.