Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Sunday, February 18, 2018
Alguien que se recuperó de una severa adicción a las drogas definía su vida como si hubiera estado en un hueco o abismo muy profundo no pudiendo salir por sí mismo de allí. Al igual que la droga, la vida humana salpicada por el pecado, es decir en contra de la voluntad de Dios, está sumergida en un abismo muy profundo que hace que no tenga sentido y que la felicidad sea escasa e inalcanzable.

El adicto de la historia resolvió su problema gracias a que buscó ayuda, y puso a funcionar todos los recursos disponibles que eran superiores a su problema, incluyendo los recursos espirituales. Lo cierto es que, aunque esté limpio, una recaída lo puede sumergir de nuevo en lo profundo de aquel abismo.

El hombre que intenta tener una vida sin Dios está sumergido en un abismo bien profundo que es el sin sentido de la vida, el egoísmo, la superficialidad, la dureza e intolerancia para con los demás, la injusticia, la búsqueda desaforada de la propiedad o del placer sin responsabilidad y un deseo de poder enfermizo. Las pequeñas escaleras con las que intentamos darle sentido a nuestra vida muchas veces se convierten en ídolos a los cuales les damos un valor exagerado pretendiendo que ellos resuelvan los grandes interrogantes de la existencia humana. Las pequeñas escaleras no le dan un sentido a situaciones de la vida que aparentemente no tienen razón tales como la maldad, la injusticia, el dolor, el sufrimiento y la muerte.

Aunque estas situaciones pudieran parecer atractivas para algunos, nunca logran sacarlo a uno de la profundidad y del vacío de la existencia. Ellas levantan el ánimo ligeramente, pero al final la persona descubre que a su vida “le falta algo”.

La escalera que puede levantar al hombre de la adversidad considerada anteriormente tiene que superar lo limitado y pasajero de la existencia y el único que puede hacer esto es Dios mismo que al enviar a su hijo Jesucristo logra que nosotros podamos salir de lo profundo del abismo y superar incluso la barrera de la muerte.

Jesús no solo nos ofrece la escalera, también nos ayuda a subir por ella, no sin antes advertirnos que el camino no es fácil. La escalera es la cruz que clavada en lo profundo de nuestra miseria y oscuridad nos logra levantar hasta la altura, riqueza y luz de Dios gracias a su eterno poder salvador. La cruz nos desplaza del abismo de la muerte a la resurrección.

Muchas de las cosas normales de la vida a menudo se sobrevaloran. Tal es el caso del dinero, la profesión, los objetos, la política, los países o alguna persona en particular. La escala de valores a veces tiene un orden que trastorna la vida. Se ha llegado por ejemplo a valorar el dinero más que a las personas o que a Dios mismo. Con frecuencia se trabaja excesivamente para cumplir una cuota económica que las personas se han fijado, quizás un ahorro o una casa. Para lograr eso se descuida a la familia, nos olvidamos de Dios, ponemos a riesgo nuestra salud y lo que no esté ligado con el dinero no tiene un valor motivacional. El dinero no necesariamente significa riqueza: se decía que alguien era tan pobre que lo único que tenía era dinero.

No importa que tan bajo hayamos caído, Dios siempre nos puede rescatar, sanar y limpiar. Al salvarnos Él busca que nosotros recuperemos en nuestro ser su imagen y semejanza y nos quiere utilizar para que le ayudemos a rescatar a otros. El Señor nos hace una llamada para que busquemos los valores más espirituales, los valores que sobreviven la muerte. El único valor que sobrevive la muerte es el amor que Jesucristo nos ha enseñado: “dando la vida por los demás” (Jn 15,13), “amando a otros como a sí mismos” (Mt 22,39).

Dios nos hace una llamada para que diariamente actualicemos nuestra conversión y no nos dejemos seducir por cosas que no tienen valor. Él nos llama para que le demos a las cosas materiales y a las personas el justo valor que tienen usándolas apropiadamente y para que entendamos que Él debe ser lo más importante de nuestra vida.

Dios no quiere que nos conformemos con poco. Él nos invita a gozar de lo mucho que nos puede ofrecer si lo aceptamos como el dueño y Señor de nuestra existencia y a que nos dejemos conducir de acuerdo a sus valores y sus mandamientos a través de su escalera. Él quiere que todos los días subamos con Él esa escalera que es Él mismo: “el camino, la verdad y la vida “ (Jn 14,6). San Pablo nos reta a responder a esta llamada cuando propone el ideal del cristiano en 1 Co 11,1: “Sean imitadores míos como yo lo soy de Cristo”.

 Cuando seamos capaces de decir lo mismo que San Pablo, comprenderemos que estamos subiendo la escalera con Él y que el abismo ha quedado atrás.

Héctor G. Lizcano, psicólogo y trabajador social, tiene estudios de teologia y filosofia.