Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Thursday, February 22, 2018
Estadísticas demuestran que aproximadamente la mitad de las personas (46.6%) en algún momento de sus vidas reúnen los criterios diagnósticos de algún trastorno psiquiátrico. Esto significa que muy seguramente nosotros o alguno de nuestros familiares sufrimos o sufriremos en algún momento de desordenes emocionales desde los más sencillos hasta los más severos. La enfermedad mental y el abuso de substancias aquejan a las personas de la misma manera que las enfermedades físicas como la diabetes, hipertensión, artritis, u obesidad. Las dolencias psiquiátricas no pueden ignorarse o esconderse como si nada estuviera pasando. Siendo esta una realidad inevitable, como cristianos tenemos que responder de acuerdo a nuestra fe ante nuestros familiares y hermanos que sufren de trastornos psiquiátricos, abuso de substancias o desarrollo retardado.

Lo primero debe ser el prevenir la discriminación de personas emocionalmente trastornadas. Se discrimina cuando se trata a los enfermos como personas inferiores, distintas, pecadoras, poseídas, o cuando se hacen chistes de mal gusto. La ignorancia por parte de nosotros cristianos refuerza el estigma y la vergüenza asociados con los trastornos psiquiátricos y de abuso de substancias. Esto implica la necesidad de educarnos acerca de lo que es la enfermedad mental. El estigma comienza a destruirse cuando se entiende que los trastornos mentales son desordenes del cerebro, con factores genéticos y ambientales y no necesariamente un signo de debilidad, pereza o pecado. Es lamentable que muchos enfermos mentales terminen en las cárceles o desamparados en la calle porque las familias y la sociedad en general los rechazan y no los ayuda a obtener el tratamiento médico y psicosocial adecuado.

El mensaje del Evangelio proclamado por Jesucristo pone especial énfasis en los pobres, enfermos, oprimidos y presos (Lc 4,18-20), los niños (Mt 18,1-5), aquellos que están cansados y agobiados (Mt 11,25-30). El mensaje salvador comienza predicándose a aquellos que son rechazados por la sociedad y que no pertenecen a las clases dirigentes civiles o religiosas. La grandeza de Jesucristo está en que no solamente se hizo hombre, sino que se hizo esclavo (Fil 2,6), no vino a ser servido sino a servir (Mc 10,45). El asumió la condición de siervo y al final de los tiempos el juicio final será sobre la conducta que tuvimos con los enfermos (físicos y mentales), los hambrientos, sedientos, los inmigrantes y forasteros, los que no tienen ropa, los presos, en general aquellos desposeídos que no nos pueden agradecer porque carecen de lo que la sociedad considera prestigioso como salud, dinero, compañía, posesiones, educación, habilidades bilingües, estatus legal migratorio y libertad. Jesús explica: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron.” Y luego agrega: “Les aseguro que todo lo que no hicieron por una de estas personas más humildes, tampoco por mí lo hicieron.” (Mt 25,35-46).

Siendo consecuentes con el mensaje del Señor, nuestra opción por los pobres debe incluir los enfermos mentales. Debemos educarnos sobre sus enfermedades y tratamientos y como familiares y miembros de la comunidad y de la Iglesia hacer todo lo que esté a nuestro alcance para ayudar en su recuperación. Cuando Jesús proclama que ha venido a liberar a los oprimidos (Lc 4) incluye aquellos oprimidos de la enfermedad mental y de todas sus consecuencias personales, familiares, laborales y sociales. La Iglesia hoy esta llamada a hacer realidad el envío de Jesús de ir a predicar la Buena Noticia y a sanar los enfermos (Lc 9,2).

La acción sanadora de la Iglesia debe ejecutarse orando por sanidad y responsabilizándose de que los enfermos tengan el tratamiento medico que les permita curar o aliviar sus dolencias físicas y mentales. Debe trabajar para que ellos puedan restaurar sus vidas afectadas por la enfermedad, restableciendo su vida social, su participación en la Iglesia, su empleo y a integrarlos en las decisiones familiares, comunitarias, eclesiales y de la sociedad en general. Debemos apoyarlos al buscar ayuda, llevarlos a las citas, cooperar para que cumplan con su tratamiento, tomen sus medicinas, ayudarlos a buscar vivienda, alimento, calefacción, ropa, diversiones, empleo, educación y a que tengan una vida normal. Debemos abogar para que se aprueben legislaciones y programas que favorezcan los enfermos psiquiátricos, especialmente los más pobres. Es nuestra misión hacer que nuestras familias e Iglesias Cristianas sean comunidades sanadoras y tolerantes que unan esfuerzos para restablecer la salud y el equilibrio social de los enfermos.

Detrás del rostro de cada enfermo mental, alcohólico, drogadicto o persona con desarrollo retardado se esconde el rostro del Señor. La vida de cada persona que sufre de angustia vale tanto como la de cualquier otro y el Señor dio su vida por salvar a esa persona. Es reconfortante ver que muchas Iglesias y empleadores acogen con amor y respeto dentro de sus comunidades y empresas a personas severamente enfermas. Una Iglesia que no las acoja pierde su identidad como tal ya que el mensaje de Jesús ratificado en Pentecostés es el de incluir a todos, poniendo especial cuidado en los marginados y rechazados de la sociedad. En ellos se manifiesta la gloria de Dios que enaltece a los pobres, humildes y desamparados y que manifiesta su amor a través de los miembros del cuerpo de su Iglesia que cuidan de aquellos otros miembros que sufren.

Héctor G. Lizcano, psicólogo y trabajador social, tiene estudios de teologia y filosofia.