Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Thursday, April 26, 2018

Las primeras luces del alba en la madrugada señalan que muy pronto la oscuridad de la noche se desvanecerá y dará paso a la potente luz del sol. La luz del sol hace que la naturaleza cambie su color y aspecto y que los seres vivos cambien su comportamiento. Hay flores que se abren o cierran ante la presencia o ausencia de luz. Las aves anuncian con anticipación la proximidad de la madrugada o el anochecer y ciertos animales pueden anticipar la primavera, el invierno, una tormenta, o incluso un terremoto.

Al igual que los animales responden a las señales que da la naturaleza, nosotros cristianos necesitamos responder a las señales que Dios nos da para orientar nuestras vidas y hacer su voluntad de acuerdo a las circunstancias específicas de cada quien. El Señor coloca señales en todas partes y es trabajo nuestro identificar dichas señales o huellas y seguir su dirección. Al igual que el coche avanza ante la luz verde y se detiene ante la roja, los magos siguieron el curso de la estrella hasta encontrar a Jesús.

La naturaleza misma es una señal para descubrir y alabar al creador. Contemplar paisajes, atardeceres y fenómenos naturales como lluvia, nieve, viento, tormentas y las estrellas es una excelente ocasión para reconocer al divino hacedor que nos permite participar de tan bello espectáculo y para disfrutar y cuidar responsablemente la naturaleza que Él nos regaló.

Al descubrirnos nosotros mismos con vida y capacidad para disfrutar y transformar el mundo con el trabajo, encontramos la huella del creador. Si hacemos un balance de lo que cada uno es, descubrimos que tenemos cierto número de cualidades y capacidades que Dios nos ha dado. Esas cualidades o dones se nos han dado para el servicio de los demás y sobre ellas se nos tomará cuenta en el último día. No se dirá, "aquí llega alguien que era muy inteligente, que sabía cantar, que cocinaba muy bien, que tenia facilidad de palabra" etc. Se preguntará: "cuéntanos qué hiciste con tu inteligencia? Alegraste a los demás con tus habilidades para cantar? Con cuántos compartiste los ricos platos que cocinaste? A cuántos consolaste con tu habilidad para expresarte y cómo llevaste la buena nueva cuando tenías oportunidad de hablar"? El inventario de cualidades personales es en sí mismo un programa de vida diseñado por el creador para que de esa manera utilicemos los dones recibidos inteligentemente sin esconderlos de los semejantes.

Al observar a las demás encontramos señales que Dios nos pone en ellos para que usando lo que Él nos ha dado respondamos a las necesidades de las personas. Al descubrir ignorancia, Dios nos llama a luchar para proveer educación. Ante el hambre, a proveer alimento para todos. Si hay injusticia, a luchar para que haya justicia en nuestra familia, trabajo y en la sociedad en general. Si hay enfermedad física o mental, debemos luchar para conseguir la salud de todos. Haciendo eco de la plegaria de San Francisco de Asís podemos pedir: "que donde haya odio llevemos el amor, donde haya injuria perdón, donde haya duda fe, donde haya oscuridad luz, donde haya pena, tu gozo Señor".

Al tener que tomar decisiones para nuestra vida nos preguntamos cuál es la voluntad de Dios en una circunstancia específica. Para poder responder apropiadamente, tenemos que buscar las señales puestas por Dios en las circunstancias y en las personas que están cerca de nosotros y que nos pueden dar cierta dirección espiritual, especialmente en la Iglesia. El principal recurso es la Palabra de Dios en la Biblia. Nuestras decisiones están de acuerdo con la voluntad de Dios si no contradicen la Biblia. San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, ha contribuido profundamente a la reflexión bíblica sobre el discernimiento. Se actúa motivado por un espíritu de bien de acuerdo a la voluntad divina o por un espíritu del mal. Desde las páginas del Génesis la lucha entre el bien y el mal es evidente. Podemos discernir si nuestras acciones son del espíritu de Dios si no contradicen los mandamientos, están de acuerdo con el espíritu del mensaje cristiano y las consecuencias de las acciones corresponden a los frutos del Espíritu Santo y no a los frutos de la carne. Las acciones que violen los derechos de los demás, o que vayan contra la naturaleza humana, no son inspiradas por el espíritu del bien. No basta con fijarnos en las obras. A veces se hacen obras aparentemente buenas con malas intenciones: recordemos a Caín (sacrificios) y a Ananías y Zafira (limosnas). La razón fundamental de nuestro actuar debe ser la gloria de Dios, por eso conviene examinar los propios pensamientos y motivos para que no sean contrarios a la voluntad de Dios.

El Señor ha dejado sus huellas en el mundo, en la conciencia y cualidades de cada uno, en las demás personas, y en la Iglesia. El camino a seguir es por la puerta estrecha (la cruz) pero seguro.

Su palabra nos permite rastrear sus huellas para que al tomar decisiones importantes las hagamos no de acuerdo a intenciones egoístas o malignas sino según su voluntad y para gloria suya más que nuestra.

Héctor G. Lizcano, psicólogo y trabajador social, tiene estudios de teologia y filosofia.