Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Friday, February 23, 2018

Las personas suelen estar divididas acerca de las posibilidades de cambiar en la vida. Refranes populares como "Loro viejo no aprende a hablar" y "Genio y figura hasta la sepultura" expresan la manera de pensar que afirma que el cambio no es posible. Por otra parte, contradiciendo la anterior posición, algo esencial al mensaje bíblico es la convicción de que las personas, no importa cual hayan sido su pasado, pueden cambiar con la ayuda de Dios.

En la historia de la salvación, Dios escogió diversos personajes "con un pasado" para hacer su obra. Moisés había matado a un capataz que estaba maltratando a un hebreo y sin embargo Dios lo escogió para liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto y dar los diez mandamientos. David quien cometiera adulterio y asesinato siendo rey, se arrepintió sinceramente. Él fue el rey israelita más importante y de su descendencia nació el Mesías.

En el Nuevo Testamento Jesús no escogió como discípulos a la gente más virtuosa. Mateo era un despreciable cobrador de impuestos para el opresor imperio romano. Mateo cambió su estilo de vida para seguir a Jesús, anunciar el evangelio y dar su vida por el Señor. Pedro, un sencillo pescador, que se vanagloriaba de que sería fiel al maestro hasta la muerte fue escogido para ser líder apostólico y cabeza de la Iglesia. Jesús lo escogió sabiendo que a la hora de la verdad, él negaría conocerlo. Sin embargo, Pedro se arrepintió de su pecado, se reconcilió con el Señor resucitado y declaró su amor sin limitaciones al Señor. Su entrega al Señor la pudo sellar con su vida de predicación y con el martirio confesando su fidelidad a Jesucristo. Pablo, quien fuera un celoso perseguidor de los cristianos, cambió su vida en la dirección opuesta volviéndose incansable predicador del mensaje cristiano y también sellando su fidelidad al Señor con el martirio.

En la historia de la Iglesia, figuras como las de San Agustín, San Francisco de Asís y San Ignacio de Loyola ejemplifican el cambio que Dios hace en la vida de quienes le permiten hacerlo y las grandes obras que Dios por su medio puede ejecutar.

El cambio comienza por iniciativa divina. Cada uno recibe una invitación personal para cambiar convirtiéndose. Convertirse significa ser conciente del amor de Dios, que pudiendo redimirnos con un acto de su voluntad, decidió entregar hasta la última gota de su sangre, amándonos a pesar de que no lo amamos. Convertirse es reconocer dónde se ha fallado en el amor a Dios y a los demás. Es reconocer que Jesucristo es el Señor y que su palabra de ahora en adelante debe conducir la vida. Es poner la vida personal en las manos amorosas de Dios confiando plenamente en Él sin ningún temor, convencidos que su sabiduría es mayor que la nuestra y que Él sabe lo que nos conviene.

Cuando reconocemos que Jesucristo es nuestro único Señor, nos dejamos salvar por Él. El foco de nuestra vida cambia de hacer las obras de la carne a hacer las obras del Espíritu. Esto no significa que nuestra inclinación al pecado se acaba. Pedro falló al Señor después de haberle entregado su vida y de haber sido escogido como la piedra sobre la que Jesús edificó su Iglesia. Pablo a pesar de que proclamaba "ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mi" (Ga 2,20), humildemente reconocía que su inclinación al pecado estaba viva y que el aguijón de la carne lo atormentaba (2 Co 12,7 ). Él enseña que la gracia de Dios nos basta para no volver a los viejos caminos (2 Co 12,9).

Pero tenemos este tesoro en frágiles vasos de barro, para que la grandeza del poder manifestada sea de Dios y no de nosotros (2 Co 4,6-7). Jesucristo, al enseñarnos a orar en el Padrenuestro, nos invita a pedir: "no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal" (Lc 11,4). Lo anterior significa que la conversión nunca es algo acabado, sino un proceso continuo que implica el esfuerzo personal diario y la gracia de Dios para mantener el cambio logrado para vivir de acuerdo a la voluntad del Señor.

El cristianismo es por esencia un mensaje que cree en la posibilidad de cambio y rehabilitación. El cambio no solo se refleja a nivel personal sino que también se manifiesta en la familia y la comunidad. De esta manera se hace vida la palabra del Señor donde el creyente es sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5,13-16). La conversión personal hace que el cristiano individual sea un agente de cambio y contribuya a que el mundo cambie y sea mejor.

Héctor G. Lizcano, psicólogo y trabajador social, tiene estudios de teologia y filosofia.