Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Saturday, June 23, 2018

El apóstol Pablo desempeñó un papel clave en la expansión del Evangelio durante los primeros años del cristianismo y a pesar de que ya han pasado muchos siglos desde su predicación, su vida y mensaje continúan siendo tan significantes hoy como ayer.

La conversión, predicación y posterior martirio del apóstol son el resultado de la respuesta a un llamado del Señor y a la acción del Espíritu Santo. Pablo estaba actuando en contra de la voluntad de Dios cuando perseguía a los cristianos. Sin embargo, él creía que estaba haciendo algo correcto. Pablo no busca a Jesús, es Jesús quien tiene la iniciativa y le sale a su encuentro. Al encontrase con Jesucristo resucitado en el camino de Damasco, la luz de su gloria lo envolvió y desde ese momento su vida no volvió a ser la misma.

Al igual que a Pablo, Dios nos busca e ilumina con su luz en nuestro pecado y nos revela muchas cosas de nosotros mismos que no están correctas. Él nos hace concientes de nuestros errores cuando nos dice: "Yo soy Jesús, a quien tu persigues". Yo soy Jesús a quien desprecias por el color de la piel, o el país donde nací. Yo soy Jesús a quien abusas, engañas, explotas, ignoras en mis necesidades básicas de alimento, vestido, educación, salud, compañía y vivienda. Yo soy Jesús de quien hablas mal, a quien frecuentemente mientes, de quien sientes envidia, a quien le niegas el saludo. Yo soy Jesús a quien niegas el derecho de nacer y me abortas. Yo soy Jesús, el hijo de Dios, de quien te olvidas, con quien infrecuentemente te comunicas orando, a quien no recibes fervorosamente en la eucaristía, a quien no oyes cuando te hablo a través de la Biblia y la predicación de la Palabra.

Pablo tuvo un encuentro personal con Jesucristo y desde ahí entendió lo esencial de su relación con Él: "me amó y se entregó por mí" (Ef 5,2). Nuestra experiencia personal con Jesucristo desde nuestro pecado nos permite experimentar el grandísimo amor del Padre que nos envía a Jesucristo para que muriendo en la cruz pague nuestras deudas. Al experimentar que Dios perdona todo, lo amamos mucho porque nos ha perdonado mucho.

Pablo se convierte y cambia su manera de pensar. Ya no va a perseguir cristianos. De ahora en adelante se va a dedicar a dar a conocer el mensaje de amor de Jesucristo.

Dios tiene el poder de cambiar nuestras intenciones, pensamientos, sentimientos y acciones por maneras de actuar nuevas y de acuerdo a su voluntad. Ayudado por el Espíritu Santo, nos permite asumir confiadamente nuestra condición de hijos de Dios y dejar atrás la temerosa mentalidad de esclavos.

Cuando oremos, en lugar de estarle diciendo al Señor qué es lo que Él debe hacer por nosotros, debemos como Pablo suplicar: "Señor: qué quieres que haga"? Se trata de rendirnos ante Dios y ponernos a su disposición con amor incondicional.

Jesús le dice a Pablo que la Iglesia, a través de Ananías, le indicará lo que tendrá qué hacer. Ananías le presenta el mensaje salvador de Jesucristo y Pablo se bautiza y luego en la Iglesia descubre su llamado a llevar el evangelio a los gentiles. Dios quiere utilizar las cualidades dadas a Pablo, su brillantez intelectual, constancia y energía para hacer su obra salvífica en la Iglesia.

Dios nos llama desde nuestro pecado, para que concientes de nuestra debilidad, confiemos en la gracia divina, dejando que Dios actué a través de nosotros usando las cualidades que cada uno tiene para beneficio de toda la Iglesia. Pablo al entregarse a Jesucristo crucificó la carne con sus impulsos y deseos. (Gal 5,24). La meta del cristiano es la de tener unos con otros los mismos sentimientos de Jesucristo (Fil 2,5-11), sacando de nosotros todo orgullo, ambición, prestigio o posición y haciéndonos siervos del Señor y de los hermanos. Pablo llegó a ser tan humilde y a vivir tan profundamente el mensaje que declaró: "He sido crucificado con Cristo, y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mi" (Gal 2,19-20). La Palabra se hizo vida en su vida y por eso le podía decir a los creyentes que fueran imitadores suyos como él lo era de Cristo (I Cor, 11,1).

Pablo nos señala un camino de perfección que no está libre de obstáculos y dificultades. Su entrega en ningún momento significó que se acabaran las tentaciones y no deseara volver a la vieja vida. Pablo dice que para que no se pusiera orgulloso por sus revelaciones, le fue dado un aguijón de la carne y aunque varias veces le pidió a Dios que se lo quitara, El le dijo: "Te basta mi gracia, mi mayor fuerza se manifiesta en la debilidad" (2 Cor 12,1-10).

Nuestro llamado, al igual que Pablo, es a ser instrumentos vivos en manos de Dios. Él trabaja con nuestras debilidades y cualidades para manifestar su amor a los demás en la Iglesia, cuya obra no es nuestra sino de Dios que es quien tiene el poder de transformar vidas y hacer cosas grandes utilizando colaboradores limitados, pecadores en proceso de conversión, frágiles, miedosos, cobardes y débiles.

El autor vive con su familia en el área de New Haven.