Catholic Transcript Magazine of the Roman Catholic Archdiocese of Hartford Connecticut

Thursday, February 22, 2018

Dios se ha manifestado en la historia humana y en nuestra historia personal como amor. Él interviene para mostrarnos cuán importantes somos para Él, tendiéndonos su mano para superar los obstáculos que impiden nuestra felicidad. El pecado impide nuestra felicidad al organizar nuestra vida sin Dios pretendiendo que sabemos más que El. Consecuentemente buscamos nuestra felicidad en caminos falsos como posesiones materiales, poder, prestigio, y placer indiscriminado. Creamos un sistema de valores relativo, de acuerdo a nuestros caprichos y a espaldas de lo que Dios quiere para nuestra vida. Dios a través de Jesucristo rompe las cadenas del pecado que hacen imposible que el hombre alcance la felicidad plena.

Mucho hemos oído que Jesucristo es nuestro salvador, que solo Él salva. Pero realmente qué significa esto? Una anécdota quizás nos ayude a comprender: Una rica familia tenía solo un hijo y vivía en la orilla de un lago. Un grupo de cuatro chicos y chicas huérfanos solían tirar piedras a la casa de aquella familia y a menudo hacían maldades como robarles cosas, y hasta incendiarles la casa. Aunque el padre de familia muchas veces les ofreció su amistad y tener una buena relación, ellos lo rechazaron. Un día los chicos en medio del profundo lago naufragaron en la canoa en que iban y estaban a punto de ahogarse. El hijo se ofreció a ir a rescatarlos en la lancha de la familia pero los vecinos le decían que no fuera porque la lancha solo tenía cupo para cuatro personas y él estaría arriesgando su vida. Sin embargo el padre asintió que su hijo fuera a rescatarlos sabiendo que su vida peligraría. Él rápidamente llegó hasta donde estaban y los ayudó a cada uno a subirse a la lancha. Como no todos cabían en la lancha el hijo se quedó fuera de la barca mientras los cuatro jóvenes remaban seguramente hacia la orilla. En el acto del salvamento el hijo falleció. A pesar de su dolor, el padre les dijo a los jóvenes que quería no solo ser su amigo, sino que fueran sus hijos adoptivos para que heredaran todas sus riquezas. Solo tenían que aceptar vivir en su casa de acuerdo a sus reglas.

Algo similar nos ha ocurrido con Dios, quien envió a su único hijo para que muriendo en la cruz nos ganara la reconciliación con Dios y la vida eterna a su lado. Nos ganó el ser hijos de Dios por el bautismo y nos ofrece una vida nueva donde podemos gozar de los frutos del Espíritu en lugar de las viejas obras de la carne.

El restablecimiento de las relaciones con Dios, rotas por el pecado y la soberbia humana, solo puede hacerse mediante la iniciativa de Dios mismo. Desde los relatos del Génesis (3,15), y luego por medio de Moisés y los profetas, Dios promete un salvador que derrotará el poder del mal y restaurará las relaciones con Dios. Toda la historia del pueblo de Israel se centra en la espera de ese Mesías, que en griego se dice Cristo, para que libere al pueblo de sus esclavitudes.

En el libro de Isaías (53), seis siglos antes de Jesucristo, se presentan las características del siervo doliente que "se entregó a la muerte y fue contado entre los malvados, cuando en realidad cargó con los pecados de muchos e intercedió por los pecadores".

Al presentarse Jesús, muchos esperaban que los liberara de la opresión de los romanos, olvidando lo predicho por Isaías que el Mesías libraría al pueblo de muchas esclavitudes empezando por el pecado. La razón de la encarnación de Jesucristo, el Hijo de Dios, no es otra que la de "salvar a su pueblo de sus pecados" (Mt 1,21) y como los pecados son una ofensa a Dios, solo Dios mismo puede perdonar y restaurar esas relaciones con el hombre. El nombre mismo de Jesús, significa "Dios salva". El se revela como el camino, la verdad y la vida. Nadie puede ir al Padre si no es a través suyo (Jn 14,6). Jesús define su misión de esta manera: "El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida para redención de muchos (Mt 20,28).

La consecuencia del pecado original es la muerte y Jesucristo, aunque no era pecador, murió peor que si fuera pecador, para reconciliarnos con Dios. El murió por todos los hombres sin excepción. Nadie tiene mayor amor que quien da la vida por sus amigos. Por eso Él nos amó hasta el extremo. Dios transforma nuestros pecados aunque sean color rojo vivo en blancos como la nieve (Is 1,18 ). Al contrario de muchos de nosotros, que perdonamos y no olvidamos, Él tira nuestros pecados a lo profundo del mar para no volverlos a recordar (Mi 7,19).

La parábola del hijo prodigo (Lc 15, ) describe la reconciliación deseada por Dios, sin reproches por el pasado y con deseos de que se inicie una vida nueva, no como un obrero, como había pensado el joven, sino como hijo, gozando de todas sus gracias, privilegios y bendiciones. El gran misterio de la salvación de Dios es que de enemigos pecadores nos transforma en sus hijos. Qué afortunados somos!

El autor vive con su familia en el área de New Haven.